miércoles, 26 de junio de 2019

EL UNIVERSO DE GOTTFRIED LEIBNIZ


Como habéis podido comprobar en anteriores artículos míos, en ocasiones me gusta comenzarlos con una cita famosa sobre el personaje objeto del mismo. Tiene un valor añadido cuando la cita en cuestión viene de otra persona, y más todavía si esa persona es un rival contemporáneo suyo. Este era el caso de Denis Diderot, filósofo y escritor francés clave en la Ilustración que, en cierto momento de su vida, hizo la siguiente observación sobre Leibniz:
“Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, uno tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado”.


Estas palabras llenas de desesperanza no pueden evocarnos sino la grandeza del que fue el iniciador indiscutible de la filosofía alemana. Una grandeza que no dejó indiferente ni siquiera a aquellos que no estaban de acuerdo con sus ideas. Leibniz es considerado, junto a Descartes y Spinoza, uno de los tres grandes racionalistas del siglo XVII. Y su autoridad fue también enorme a lo largo del siglo siguiente. Incluso hoy seguimos descubriendo la influencia de su gran obra en prácticamente todos los campos del conocimiento (como vimos en el primero de los artículos de esta serie), pues todavía no se ha completado la edición de todos sus escritos. Abordaremos en este artículo su concepción filosófica del universo, que integra elementos de muchos pensamientos de tiempos y espacios diferentes. La filosofía china, de quienes siempre recalcó su importancia como potencia mundial a todos los niveles. El pensamiento griego antiguo, la filosofía escolástica o las ideas de contemporáneos suyos como Descartes y Spinoza.
            Todo en la filosofía de Leibniz nace a partir de la gran pregunta: ¿Por qué existe algo en vez de nada?”.  A lo que Leibniz responde: “Hay una razón en la naturaleza para que exista algo más bien que nada. Esto es una consecuencia de aquel gran principio de que nada se hace sin razón; así como debe haber una razón, además, para que exista esto más bien que otra cosa”. De aquí deducen dos ideas:
·         La existencia de un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente (escuela escolástica) que conoce la razón de la existencia de absolutamente todos los elementos que componen el universo, así como su interrelación e influencia entre ellos (pensamiento de Descartes).
·         Un principio de razón suficiente innato a todos los seres del universo, que dice que todo, incluido el bien y el mal, tiene una razón de existir (que podemos conocer o no). Puesto que Dios es conocedor de todos los principios de razón suficiente del universo, debemos usar la fe (escuela escolástica) ahí donde nuestra razón no llegue a comprender la razón de que algo ocurra, sea malo o bueno. Esto respondía a otra gran pregunta que le surgió durante el que fue su primer trabajo, juez: “¿Dios es justo?”
Pero, ¿dónde se albergan estos principios de razón suficiente nacidos del mismo Dios? Para responder a esta pregunta Leibniz recurrió al atomismo griego, rescatando la idea de que el universo está compuesto de unos elementos indivisibles, inmateriales, indestructibles y únicos, a las que llamó mónadas. Cada mónada es un universo en miniatura (hermetismo) y todas son diferentes, ya que cada una tiene una función única. Esta función está definida por la substancia activa de la que están formadas. Así, marca una gran diferencia con Descartes y Spinoza, que consideraban la substancia como inerte. De todo esto se deduce que todo ser nace con una misión en el universo.
Las mónadas son creadas por Dios (que es la mónada original increada), y existen en potencia en su interior. Ellas compiten por pasar a la existencia real en una suerte de selección natural, donde solo las más capacitadas lo consiguen. De esta manera, el mundo que surge es el mejor de los posibles, con una armonía preestablecida definida de la siguiente manera: toda mónada es independiente y no tiene relación con las demás, sin embargo, sus acciones tienen influencia sobre todas las que le rodean de forma inconsciente. Este es uno de los principios de la filosofía oriental, en la que todo ser tiene una relación inseparable con su entorno y una influencia que se propaga en el espacio y en el tiempo como ondas de un estanque.
Aunque todas estas mónadas nacen de Dios, no son tan perfectas como él, por lo que el universo en su conjunto es también inferior. La armonía preestablecida es la que dirige el mundo hacia Dios, hacia la perfección, por lo que el sentido de la vida es tan solo progresar y evolucionar a mejor. Como vemos, Leibniz ofrece una visión optimista del mundo. Pero no en el sentido anímico de la palabra, como visión de todo lo bueno que se nos presenta, sino en el sentido más matemático de optimización. La optimización es además uno de los principales problemas que quedaron resueltos después de que inventase el cálculo integral. El mundo, pues, es creado como la mejor opción entre las posibles a partir del entendimiento de Dios.
            Esta filosofía recibió duras críticas por parte de Voltaire, que materializó en forma de sátira en su famoso libro Cándido, cuya lectura recomiendo encarecidamente. No obstante, cabe remarcar que Voltaire hizo una interpretación muy literal de este optimismo, quizá más enfocada a vender libros que a aportar nuevas visiones filosóficas.
            Se inició así la corriente filosófica y cultural que influenciaría a todo Europa. Kant continuó la filosofía alemana durante el siglo XIX, aunque era considerado un pesimista. Incluso podemos decir que fue discípulo de Leibniz en el sentido más estricto del término. Y como el universo de Gottfried Wilhem Leibniz comienza y termina en Dios dándole una estructura cíclica, terminaremos el artículo como lo habíamos comenzado: con una cita de Diderot.
«Quizás nunca haya un hombre que haya leído tanto, estudiado tanto, meditado más y escrito más que Leibniz... Lo que ha elaborado sobre el mundo, sobre Dios, la naturaleza y el alma es de la más sublime elocuencia. Si sus ideas hubiesen sido expresadas con el olfato de Platón, el filósofo de Leipzig no cedería en nada al filósofo de Atenas».

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

jueves, 31 de enero de 2019

LA GUERRA DEL CÁLCULO, LEIBNIZ Y NEWTON


Nos guste o no, la guerra ha sido siempre uno de los principales motores para el progreso de la humanidad. La gran mayoría de vosotros sabéis que la energía nuclear no se investigó para generar ingentes y relativamente limpias cantidades de energía para nuestro progreso, sino para crear unos artefactos que devastarían la ciudad de Hiroshima primero y Nagasaki después. Muchos de vosotros sí sabéis que internet fue el resultado de un experimento de telecomunicaciones que el ejército estadounidense realizó en los años 70, así como el sistema de posicionamiento global, más conocido como GPS. Seguramente solo algunos de vosotros sabréis que el origen de la carrera espacial no era poner un pie en la Luna; más bien la idea original fue controlar la estratosfera a nivel balístico, o dicho de otra manera, ser capaces de lanzar misiles a la otra punta del planeta sin que el enemigo pudiera reaccionar a tiempo. Pero posiblemente, el ejemplo más desconocido lo tengamos en la invención de la potente herramienta matemática que es el cálculo infinitesimal, que, aunque hoy en día está atribuido por igual a Gottfried Wilhelm Von Leibniz (del que ya hicimos una introducción en el artículo anterior) y a Sir Isaac Newton, tiene una historia que abarca casi dos mil años.



            Leibniz dijo: “Quien comprenda a Arquímedes, admirará menos a los hombres más ilustres de su tiempo”. Y es que cualquier curso universitario de introducción al cálculo infinitesimal empieza por analizar sus trabajos. Si aquel soldado romano no lo hubiera matado cuando entraron a conquistar la ciudad de Siracusa en el 212 a.C., el propio Arquímedes lo habría desarrollado. Pero os contaré primero qué es el cálculo y para qué sirve. Desde la época egipcia uno de los grandes problemas fue el cálculo de áreas. Son fáciles de calcular con superficies delimitadas por líneas rectas puesto que pueden reducirse a triángulos, y tras un arduo trabajo de sumas se obtiene el resultado final. El problema se agrava cuando la superficie está compuesta por líneas curvas, ya que quedan huecos entre los bordes y los triángulos internos. Desde luego pueden rellenarse con triángulos cada vez más pequeños que aumentarán la precisión de la medida, pero nunca llegará a ser exacta. A lo largo de los siglos y con el progreso de la humanidad, surgieron otros tres problemas que generaron la necesidad de una nueva herramienta: calcular la tangente en un punto de una curva cualquiera, convertir curvas en rectas y conocer el valor instantáneo de una función variable. Este último es el tema con el que hemos iniciado el artículo, y es que, tras el desarrollo de las armas de asedio en la alta edad media, se hacia imperiosa la necesidad de conocer con precisión las trayectorias de los proyectiles. Se inició así el lento cambio que nos llevó de la física aristotélica a la actual.

            Casi todos los científicos del S. XVII contribuyeron al desarrollo del cálculo infinitesimal, pero se puede establecer un inicio claro en el S. XVI con gigantes como Descartes, Fermat y Kepler. Descartes y Fermat son conocidos por la gran contribución que realizaron creando la geometría analítica (transformar curvas geométricas en su expresión algebraica) y Johannes Kepler por descubrir que las órbitas planetarias eran elípticas en vez de circulares. Kepler era un matemático portentoso y estuvo a punto de descubrir el cálculo por sí mismo, de hecho, la creación del cálculo infinitesimal por parte de Newton y Leibniz fue en realidad la resolución del problema de Kepler: ¿En qué manera cambiaba a cada instante la trayectoria de los planetas? Por otro lado, Galileo también aportó su enorme “grano de arena” creando el campo de la mecánica, que estudia el movimiento de los cuerpos. Galileo estudió por qué las trayectorias de los proyectiles son parábolas, estableciendo así una relación directa, mediante las curvas cónicas, con los estudios de Kepler. Ya solo quedaba descubrir si la fuerza misteriosa que convertía las trayectorias en parábolas era la misma que convertía las órbitas en elipses. Entraron así en juego en el siguiente siglo grandes como Bonaventura Cavalieri, discípulo de Galileo, que propuso que todas las figuras estaban formadas por indivisibles que llenaban su área. De aquí surgió el famoso principio de Cavalieri de equivalencia entre áreas que no comentaremos ahora. Fermat, Torricelli, Pascal o Gilles Roberval, en incluso el propio Leibniz, continuaron por esta línea. Otros gigantes como John Wallis e Isaac Barrow (profesor de Newton) se acercaron tanto a la definición estricta de cálculo infinitesimal que pusieron la alfombra por la que Newton y Leibniz entraron en la historia.

            Y se inició la guerra. Newton en Inglaterra y Leibniz en Alemania, reclamaban la autoría del cálculo. Ambos llegaron al mismo punto por caminos totalmente diferentes. Si bien Newton desarrolló lo que hoy se conoce como derivadas, Leibniz creó el cálculo integral. Ambas son operaciones contrarias y definen el teorema fundamental del cálculo, dando así solución a todos los problemas relacionados con curvas que habían surgido hasta la fecha (y a muchos otros que surgieron después). Tras años de disputa, Gottfried Leibniz acudió a la Royal Society para que investigaran y concluyeran quién había sido el creador del cálculo. Desconocía que Newton había sido nombrado presidente de la misma. Newton inició así una gran campaña de calumnias y desacreditación de Leibniz sin mucho éxito, pues Leibniz era toda una autoridad cultural en Europa. Con ellos, el cálculo se convirtió en una ciencia independiente, que trabajaba con conceptos algebraicos, lo que permitía plantear un método que sirviera para cualquier tipo de función o problema. Una vez fundamentadas las bases, los hermanos Bernoulli le dieron una estructura sólida, utilizando el método de nomenclatura de Leibniz. El propio Leibniz alabó el gran trabajo realizado por ambos.

            A día de hoy trabajamos con la notación de Leibniz, mucho más clara y completa, y no cabe ya ninguna duda sobre la autoría. Newton es considerado el primero en desarrollarlo, conclusión a la que se llegó tras investigar la numerosa correspondencia en la que hablaba del tema, pero Leibniz fue sin duda el primero en publicarlo. De ahí la famosa frase de Newton: “los segundos inventores no cuentan para nada”.

            No fueron éstas las únicas contribuciones a las matemáticas de Gottfried Wilhelm Leibniz. Desarrolló también un método para calcular series infinitas cuyos límites o resultados eran números finitos, resultados que comunicó a otro gran científico en la corte de París llamado Christiaan Huygens y que presentó también en la Royal Society. También creó, basado en el I Ching o libro de las mutaciones, un sistema que se convertiría en la base del mundo moderno, un sistema basado en su filosofía de mónadas rescatada del atomismo griego y que está a caballo entre el lenguaje y las matemáticas más elementales. El código binario. Pero de eso hablaremos en otro artículo.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

martes, 9 de octubre de 2018

LEIBNIZ, EL ÚLTIMO GENIO UNIVERSAL


            Al abordar el estudio de un sabio como Gottfried Wilhem Leibniz lo primero que se descubre es que un solo artículo de esta envergadura es insuficiente para mostrar la grandeza de su genio y la magnitud de su obra. Su trabajo está a caballo entre el final de revolución científica (que tuvo lugar durante el renacimiento) y el principio de la era moderna. Fue uno de los últimos científicos universales, capaz de destacar en cualquier campo en el que decidiera meterse, cual rey Midas que convierte en oro todo lo que toca. Fue contemporáneo de otros grandes de aquella época como Isaac Newton, Christian Huygens, Robert Boyle o Robert Hook. Gottfried Wilhem Leibniz puede ser considerado como el último de los grandes sabios propios de una era en la que las opciones universitarias quedaban reducidas a tres: teología, derecho y medicina. Sirva pues este artículo como introducción a todas aquellas aportaciones que este gran sabio pudo llegar a hacer en su vida. Este será el primero de una serie de varios trabajos que, no solo mostrarán las obras por la que es más famoso, como la creación del cálculo en matemáticas o la de la filosofía alemana moderna, sino también por otros menos conocidos, como ser inventor de la primera calculadora completa o el molino eólico aplicado a la minería, y también por otros desconocidos para el público como ser el creador del código binario, iniciar el concepto de globalización o ser el creador de la paleontología.


                Leibniz es conocido principalmente por ser aquél que se disputó con Isaac Newton la autoría del cálculo infinitesimal, herramienta matemática que cambiaría la ciencia y la concepción del mundo para siempre, pero en realidad contribuyó de forma notable y en ocasiones incluso decisiva, en prácticamente todos los campos de conocimiento que existían en aquel tiempo. Nació en Leipzig el uno de julio de 1646. A la edad de 15 años ya estaba especializado en filosofía y derecho por la universidad de Leipzig. A los 17 años le fue vetado el doctorado en derecho por ser demasiado joven y tuvo que esperar hasta los 21 para conseguirlo. Pero sin embargo puede ser considerado un erudito en matemáticas, física, derecho, filosofía, política, geología, teología, lingüística, comunicación, alquimia, ingeniería; y fue además inventor, juez, divulgador de ciencia e impulsor de la cultura.

                Como matemático, la gran mayoría de la gente sabe que fue uno de los fundadores del cálculo junto con Newton, ambos llegaron a soluciones iguales por caminos contrarios, lo cual dio a luz al teorema fundamental del cálculo tal y como lo conocemos hoy. Muchos otros habían contribuido anteriormente a su avance y posteriormente otros tantos sintetizaron y simplificaron el sistema, que se extendió por la comunidad científica como el polen en primavera. De esto hablaremos más ampliamente en el siguiente artículo.

                En filosofía fue seguidor de Descartes y se le puede considerar sin duda alguna como el fundador de la filosofía alemana e iniciador de una visión más pesimista del mundo (Kant estudió su filosofía a fondo). Su concepción de las mónadas, basada en el atomismo griego, ayudó al desarrollo posterior de la teoría atómica. Las mónadas son entidades indivisibles e independientes, aisladas del resto, cuyo movimiento interno había sido iniciado por dios con perfecta precisión al inicio del universo (armonía preestablecida); y todo está compuesto por ellas sin dejar lugar al vacío. Tenía también una visión unificada de espacio y tiempo (a los que no consideraba absolutos) por lo que es un precursor reconocido del relativismo. Otro artículo nos servirá para describir su cosmología y concepción del mundo, así como su filosofía.

                Como lingüista fue siempre un superdotado, gracias al acceso que tuvo a la biblioteca de su padre tras su trágica muerte. A los 12 años hablaba perfecto latín y balbuceaba griego de forma totalmente autodidacta. Llegó a entender el lenguaje y las matemáticas como si fueran la misma cosa. Algunas de sus ideas en este campo quizá fueron demasiado innovadoras y no llegaron a cuajar hasta décadas más tarde. Se dio cuenta que a través del lenguaje cada cultura ve el mundo de una manera, que todas las lenguas tenían conceptos y estructuras comunes, por lo que debería haber existido un solo idioma primigenio del que derivaban todos los actuales. Decía que ese idioma seguía codificado en todos los idiomas del mundo e hizo una enorme cantidad de anotaciones al respecto. Por esto mismo propuso que la historia debía estudiarse conjuntamente con el idioma. Planteó la creación de un lenguaje universal mediante simbología al estilo del alfabeto chino, y aún fue más allá, pues planteó también la concepción de unas ideas básicas encriptadas en símbolos que darían, mediante su unión, origen a ideas más complejas; al más puro estilo de las mónadas de su cosmología. Y en relación a esto, fue también el creador del código binario, base de nuestra tecnología actual, que no es ni más ni menos que el lenguaje de los ordenadores. De todo esto hablaremos con más profundidad en otro artículo.

                Y aún hay mucho más. Fue también inventor de la primera máquina calculadora que realizaba las cuatro operaciones básicas, del molino eólico aplicado a la industria; como geólogo estudió los volcanes y apoyó la existencia de un fuego central, como bibliotecario creó el sistema vigente de clasificación alfabética, como político tenía una visión unificada del mundo por lo que sus ideas pueden considerarse iniciadoras de la globalización, fundó academias, promovió la música y la ópera, escribió numerosos libros de todos los campos… e incluso llegó a crear un campo nuevo de estudio, la paleontología. Todo esto y más cosas que se quedan en el tintero serán objeto de otro artículo (y espero que el último).

                Pese a todo este gran trabajo que sirvió para mejorar el mundo conocido, Gottfried Wilhem Leibniz murió prácticamente solo, acompañado de sus familiares y amigos más cercanos, sin honores, sin homenajes de ninguna de las academias a las que perteneció, sin presencia eclesiástica y nada más que unas pequeñas menciones a modo de esquela en aquellas revistas en las que colaboraba. Fue sin lugar a duda un gran adelantado a su tiempo y no fue hasta el siglo XX que comenzó a conocerse la grandeza de su obra. Sirvan pues esta serie de artículos para rendirle el homenaje que se merece.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

miércoles, 18 de julio de 2018

JAMES LOVELOCK Y LA TEORÍA GAIA.

N.A.S.A., 1961. El profesor James Lovelock, licenciado en química por la Universidad de Manchester en 1941, en medicina por la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical en 1948, y en biofísica por la Universidad de Londres en 1959, es convocado para el desarrollo de instrumentación de alta precisión para incorporarla al programa Viking. Su misión es el estudio de habitabilidad del planeta Marte; y de darse las condiciones, la búsqueda de vida en el mismo. Cuando llega a las instalaciones de desarrollo de la N.A.S.A. el panorama que se encuentra es desolador. Ingenieros mecánicos, inexpertos en el campo de la biología, son los encargados de crear detectores de vida. El profesor Lovelock se interesa por una especie de ingenio cubicular parecido a una trampa. Cuando pregunta acerca de su funcionamiento, el ingeniero padre de la criatura le responde: “Es un atrapa moscas, según nuestras observaciones Marte es un planeta completamente cubierto de desiertos. Todo el mundo sabe que en los desiertos viven camellos, por lo que estoy seguro de que mi dispositivo será capaz de atrapar alguna de las numerosas moscas que vuelan a su alrededor”. James Lovelock vaticina el fracaso absoluto de la misión, aun cuando el planeta estuviese rebosante de vida. En colaboración con Carl Sagan, determinan que la mejor forma de estudiar la habitabilidad y la existencia de vida en Marte es mediante el análisis de su atmósfera. Fue a partir de aquí cuando, en la mente del brillante profesor James Lovelock, empezaron a germinar las semillas de la que sería su aportación científica más controvertida: La Teoría Gaia.


                Los análisis de la atmósfera de Marte determinaron que se trataba de un planeta inerte, pues se encontraba cerca del total equilibrio químico, con una gran mayoría de dióxido de carbono en su composición y apenas oxígeno. Carl Sagan barajó la posibilidad de que todavía albergara oasis de vida, quizás donde quedase algo de agua, pero finalmente se descartó esta opción. Fue durante este periodo cuando James Lovelock se percató de la enorme influencia que la vida tiene en la química de un planeta. Gracias al ciclo del agua, los nutrientes fluyen por todo el planeta, y gracias al aire, los gases emitidos por las diferentes formas de vida se extienden a lo largo y ancho del planeta. La gravedad se encarga de trasladar los materiales de arriba hacia abajo, pero la vida lo hace lateralmente, e incluso de abajo hacia arriba. La teoría Gaia propone que todas las formas de vida y las no vivas de un planeta, forman un complejo sistema en interacción que puede ser considerado como un solo organismo vivo. De esta manera, la biosfera ejerce una influencia tal sobre el planeta, que mantiene una regulación de las condiciones aptas para la propia vida. El planeta al completo así, se convierte en un sistema autorregulado. Sin teologismos, sin divinidades, simple acción y reacción.

                James Lovelock desarrolló esta teoría en su época de científico independiente. Gracias al desarrollo de ciertos inventos, cuyas patentes le proporcionaron ingresos de por vida, no necesitó de financiación de gobiernos ni universidades. Fue el inventor del detector de electrones, tan sensible (a día de hoy sigue siendo el método de detección química más sensible que existe) que fue capaz de detectar en partes por millón la existencia de compuestos clorofluocarbonados en la atmósfera (o CFC’s) que hoy sabemos son tan perjudiciales para la capa de ozono; de hecho, James Lovelock vaticinó su desaparición completa si no se regulaba el uso de fertilizantes y pesticidas. Si bien en principio se rieron de él, con el paso de los años se demostró que tenía razón. En 1952 también realizó aportaciones, que luego fueron cruciales, en el campo de la criogenización de células. Sus investigaciones demostraron que el daño celular se produce cuando el hielo se separa en cristales como sustancia pura de otras como sales y soluciones. En esa misma década participó en el desarrollo de soluciones para el resfriado común y para otras infecciones respiratorias. Es también inventor del detector de Argón, importantísimo para la cromatografía de gases. Todas estas aportaciones le permitieron ser uno de los pocos científicos que, a día de hoy, con casi 99 años, pueden considerarse autofinanciados.

                El no verse sometido a voluntades comerciales de multinacionales o intereses políticos de gobiernos e instituciones, pudo dedicarse a lo que realmente le interesaba: la química planetaria. Durante los primeros 25 años (y aún a día de hoy) sus ideas fueron fuertemente criticadas, tildándolas de religiosas más que de científicas. James Lovelock entonces volvió al ataque con un modelo computerizado y matematizado al que llamó el planeta de las margaritas. Este demuestra que, ante la variación en la emisión de energía de una estrella, un planeta con vida ejerce una resistencia al cambio, siempre y cuando sigan existiendo condiciones de habitabilidad. El modelo consiste en un planeta cubierto de margaritas de diferentes tonos desde blanco hasta negro. Una baja emisión de energía estelar favorece la existencia de margaritas negras, las cuales absorben calor y mantienen una temperatura constante; por el contrario, un aumento de emisión energética favorecería el crecimiento de margaritas blancas, que reflejarían gran parte de esa energía, manteniendo de nuevo una temperatura constante. Aplicándolo a nuestro planeta podemos decir que la vida, mediante su interacción con el medio ambiente, mantiene con enorme fuerza unas condiciones de temperatura y química planetaria aptas para sí misma.

                Hoy la teoría está no solo aceptada sino ampliamente demostrada, y sus resultados se extrapolan al estudio de otros planetas, como por ejemplo la terraformación (convertir en habitable un planeta), o la búsqueda de vida en los miles de exoplanetas que hemos descubierto, mediante en análisis de su composición atmosférica. Se puede decir sin temor a equivocarnos que James Lovelock es uno de los mayores precursores del ecologismo durante el siglo XX y uno de los más influyentes científicos en el avance de la exploración espacial. Hoy no conserva esperanza en que la humanidad, con nuestro nivel de tecnología actual, sea capaz por sí misma de sanar el daño que hemos hecho en la atmósfera y el océano. Por eso propone macroproyectos de geoingeniería, como el bombeo de agua rica en nutrientes desde las profundidades del mar, y así favorecer el desarrollo masivo de microorganismos, que reducirían los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Es también un acérrimo defensor de la energía nuclear como alternativa a los combustibles fósiles.

                Con casi un siglo de existencia, el profesor Lovelock sigue siendo un científico independiente, más cercano al artista renacentista que al mercenario a sueldo de los intereses de un gobierno. Hoy uno ya no sabe si la ciencia está al servicio de la humanidad o del interés de las multinacionales, pero es más necesaria que nunca la existencia de este tipo de investigadores.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca