lunes, 4 de diciembre de 2017

ALEXANDER VON HUMBOLDT, EL PADRE DE LA ECOLOGÍA

Recuerdo casi el instante de la primera luz que bañó mis ojos el día de mi nacimiento, un 14 de septiembre de 1769, en la habitación de mi madre en el castillo de Tegel, muy cerca de Berlín. Recuerdo el sonido del mecer de las hojas de las hayas centenarias que amurallaban la parte trasera del palacio, cada vez que salía a jugar con mi hermano Wilhem. El olor de los tulipanes en primavera cuando mi familia organizaba fiestas para la nobleza alemana, mi hermano y yo solíamos ausentarnos para correr por los vastos jardines hasta que fue nuestra presentación en la alta sociedad. Recuerdo mi infancia con pelos y señales y sin embargo no consigo recordar, a mis 90 años, el momento en el que se despertó mi exacerbado amor por la naturaleza. Pudo ser la fantasía de mundos lejanos, inspirada por la adaptación del Robinson Crusoe de Alejandro Dumas, que de forma magistral hizo mi ilustradísimo tutor Joaquim Campe; o quizás el crucero iniciático por el Rin que me llevó a Holanda y de ahí a Inglaterra. A mi regreso por Francia tuve la fortuna de conocer a idealistas revolucionarios. Uno no sabe lo equivocado que está hasta que descubre la verdad desde la que ver el error, y siempre estaré agradecido a mi amada madre por haberme quitado de la cabeza la estúpida idea de ir al ejército.


            No pasó un solo día durante mi formación en la Escuela de Minas de Freiberg, ni durante el aburrido trabajo para el gobierno que le siguió, en que mi mente no soñara con descubrir nuevos mundos, así que, tras la muerte de mi madre, y con una herencia tan inmensa que no pensé acabarla en 10 vidas, decidí, a mis 29 años, rogar audiencia formal con su majestad Carlos IV, rey de España, y partir hacia lo desconocido. Pese a que mi idea inicial fue Marruecos, la gran actividad científica sobre Las Américas que vi en los españoles me llevaron a partir del puerto de La Coruña hacia el nuevo mundo. Recuerdo ver empequeñecerse en la orilla el Castillo de San Antón, donde se hallaba preso por traición, dijeron las autoridades, el ilustre Don Alejandro Malaspina, uno de los más grandes exploradores que este bello mundo ha conocido. No pude evitar sentir miedo de correr la misma suerte, pero iniciaba así la gran aventura que cambió mi vida, mi mente y mi espíritu.
            Desperté un día en mi posada del puerto de Cumaná, en el norte de Venezuela. Un lugar arropado por palmeras de verde jade y flores rojo fuego, tan diferentes de las europeas, bajo un Sol que lucía como un diamante, al pie de la hermosa bahía de arena como la harina, que un agua impoluta color turquesa bañaba con mimo. Papagayos, loros, cacatúas y pájaros de mil clases entonaban una sinfonía tropical que, pese a lo ruidoso, no resultaba en absoluto molesta. Meses antes había pasado un período de adaptación en Tenerife, visitando el afamado Jardín de Aclimatación, donde uno puede familiarizarse con las nuevas especies, y ascendiendo al Teide para tomar muestras, gesta que su ilustre Charles Darwin trató de repetir décadas más tarde, pero el nuevo mundo te deja sin palabras. Mi expedición partía de Cumaná a la cueva de los Guacharos para estudiar estas misteriosas aves nocturnas y su extraña costumbre de vivir en los submundos. Pero, aunque mi vista, oído y olfato se deleitaba con este maravilloso cóctel natural, mi espíritu se horrorizaba al ver como ese mismo Sol bañaba también la piel untada en aceite de decenas de esclavos africanos, que los españoles vendían sobre esas divinas arenas. Gritos de mercaderes y clientes se mezclaban con la fauna autóctona, convirtiéndolo en un paraíso perdido. Decidí, tiempo después, partir hacia el interior, gracias a lo cual pude redescubrir el enigmático brazo Casiquiare que une la cuenca del Orinoco con el Amazonas. Y este solo fue el principio de un millón de aventuras que vinieron luego.
            En Quito, la noche anterior a mi ascensión al volcán Pichincha, sentí el poder de la madre Tierra, sacudiendo la ciudad hasta sus cimientos. Juzgaba a los ecuatorianos como irresponsables, vagos y viciosos, pero cuando en un solo segundo puedes perderlo todo, incluyendo la vida, se comprende cómo la naturaleza puede forjar el carácter de un pueblo; y la unión, que ya sospechaba que existía, de la propia vida con el planeta. No sé si por celebración o por miedo, decidí esa noche abandonarme junto a ti, mi amado amigo Carlos Montúfar, a los placeres de la ciudad de Quito. Las malas lenguas quisieron ver el nuestro como un amor impuro, dos palabras jamás conjugables. Tuviste la amabilidad de acompañarme después a descubrir el corredor de los volcanes hacia el Sur, Chile, donde aprendí que éste es un planeta vivo, y donde descubrí también la corriente oceánica del pacífico que ahora lleva mi nombre.
            Ah… mi amado amigo Montúfar, como hubiera querido que me acompañaras a las tierras del sur de Estados Unidos a las que llaman Nueva España, donde tuve el privilegio de ascender al Jorullo, emergido de las mismísimas profundidades de la Tierra tan solo 44 años antes, y todavía activo. O en mi viaje por Estados Unidos, donde el mismísimo presidente Thomas Jefferson me retuvo hasta que “accedí” a darle copias de mis mapas, que unos años después usó con fines bélicos.
            Ahora me encuentro aquí en mi residencia de Paris, dilapidada mi fortuna en la colosal edición de mi magna obra “Cosmos”. Yo, Alexander Von Humboldt, al que llaman el último científico universal, al que dicen más famoso que Napoleón y donde todo el mundo me conoce, tan solo desearía pasar mis últimos días junto a ti, mi amado amigo Carlos Montufar.


Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca