jueves, 4 de mayo de 2017

ALBERT EINSTEIN, EL HOMBRE.

            Max Planck tenía la responsabilidad de la edición de los Annalen der Physik, cuando, en 1905, aparecieron en la revista dos artículos fundacionales de la teoría de la relatividad. El primero de ellos apareció en junio y llevaba por título «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento». El segundo artículo era más corto, de no más de dos páginas, titulado « ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?», y en él se deducía la famosa ecuación que hoy puede verse incluso impresa en camisetas. Ambos iban firmados por un joven de 26 años nacido a orillas del Danubio, en la humilde y hermosa localidad de Ulm, Alemania, y por entonces residente y nacionalizado suizo que trabajaba en la oficina de patentes de Berna, llamado Albert Einstein. Parece ser que pasaron sin pena ni gloria, porque en los números siguientes al de su publicación no apareció ni un solo comentario, ni siquiera crítico. Un poco más tarde Einstein recibió una carta de Berlín. La remitía Max Planck, y en ella le pedía la clarificación de algunos puntos de su artículo. La carta llenó de júbilo a Einstein. No solo era un indicio de que su artículo no había pasado inadvertido, sino que venía firmada por uno de los más grandes físicos del momento y por lo tanto, tratándose de la época dorada de la física teórica, uno de los más grandes de la historia.


            Por aquel entonces Einstein no pasaba por un buen momento, sus padres no aprobaban su matrimonio con Mileva Maric, algo mayor que él, y a la que había conocido en la universidad de Zurich. La falta de trabajo en su campo (la física teórica) y el duro período de pobreza que atravesaba su familia, le hizo contemplar la posibilidad de abandonar sus aspiraciones científicas y emplearse en una compañía aseguradora. Sin embargo consiguió mantenerse en la cuerda floja haciendo malabarismos de un precario trabajo a otro: dando clases particulares, trabajos ocasionales como profesor sustituto... llegando a comer muy poco, por estas razones Einstein se vio obligado a aceptar el, ya mencionado antes, trabajo como evaluador de futuras patentes en Berna. Esto le mantuvo a flote y en actividad científica mientras la semilla de la relatividad especial, plantada en la comunidad, iba progresando.

            Si aquel joven de 16 años, que un buen día se preguntó cómo se vería el mundo montado en un rayo de luz y cómo se vería su onda electromagnética, hubiera sabido que el mismísimo Max Karl Ernest Luwdig Planck se interesaría por sus trabajos e incluso colaboraría en el desarrollo de su teoría de la relatividad general, con toda seguridad no se lo hubiera creído. Albert Einstein fue un joven humilde que creció en un ambiente innovador y muy técnico, pues su padre Hermann y su tío Jakob poseían una empresa dedicada a la ingeniería eléctrica, y su vivienda se encontraba junto a la fábrica. Desde pequeño siempre tuvo curiosidad por los ingenios mecánicos y llegaba a pasar horas con su tío Jakob, que era el motor innovador de la empresa. Siempre se pone a Einstein como ejemplo de mal estudiante, incluso de niño con dificultades en su desarrollo puesto que no empezó a hablar hasta los 2 años (y cuando lo hizo se repetía constantemente), pero a día de hoy sabemos que eso no es cierto, solía ser el primero de su clase, especialmente en matemáticas y física, y siempre demostró una curiosidad que le llevaba a cuestionar la autoridad de sus profesores y mostrar constantemente su desacuerdo con el sistema educativo alemán. Seguramente fue ésta la razón que lo movió a emigrar a Suiza para ingresar en la Escuela Politécnica de Zurich. Irónicamente, en 1913, el mismo Planck que acabada de ser nombrado rector de la Universidad de Berlín, apareció para gran sorpresa de un admirado Einstein, en Zurich (aparentemente en viaje familiar), rogándole que volviese a Alemania para continuar ahí sus estudios. Obviamente Einstein aceptó.

            Pero no es solo relatividad todo lo que reluce en la vida de Albert, muchas otras contribuciones (y no solo científicas) brillan a día de hoy en nuestro mundo de hoy en día. En 1922 ganó el premio Nobel, no por la relatividad, sino por su demostración del efecto fotoeléctrico, que constata la naturaleza cuántica-corpuscular de la luz, gracias a lo cual hoy existen las placas solares fotovoltaicas. Trató, aunque de forma infructuosa, de unificar las ecuaciones de Maxwell con sus propias ecuaciones de gravitación relativistas, posiblemente las más importantes de la historia, que explican por completo los fenómenos electromagnéticos. Fundamentó teóricamente todas las bases necesarias para el desarrollo del LASER. Predijo un quinto estado de la materia a milésimas por encima del cero absoluto, llamado el condensado de Bose-Einstein (que no pudo demostrarse experimentalmente hasta 1995). Escribió numerosos libros no científicos como «El mundo como yo lo veo» o «Mis ideas y opiniones». Demostró de forma incontestable la existencia de los átomos en sus estudios sobre el movimiento Browniano. Estableció la equivalencia entre masa y energía, sentando las bases de la energía nuclear. Contribuyó enormemente, aunque muy a su pesar, al desarrollo de la mecánica cuántica. Siempre se mostró reticente ante la naturaleza probabilística que ésta mostraba, diciendo dos famosas frases que siguen citándose (incluyendo este artículo) hasta la saciedad «El azar no existe, Dios no juega a los dados» y «Cuantos más éxitos cosecha la teoría cuántica, más ridícula parece».

            En 1933, siendo ya una estrella mundial y mediática más allá de la ciencia, y habiendo conseguido ser una leyenda en vida a la altura de Pitágoras, Galileo o Newton, volvió a renegar de su herencia alemana después de que Hitler se alzase en el poder. Emigró a Estados Unidos definitivamente, aunque ya se había convertido en un ciudadano del mundo dando conferencias sobre sus trabajos por todo el globo desde que en 1919 se constatara definitivamente como correcta su teoría de la relatividad general, cuando se comprobó cómo la acción del campo gravitatorio del Sol desviaba la luz de las estrellas que lo rodeaban durante un eclipse. Extremadamente afortunados debieron sentirse los alumnos de la universidad de Zaragoza cuando Albert Einstein impartió dos conferencias en la Facultad de Medicina y Ciencias durante los días 12 a 14 de marzo de 1923, el mismo alcalde lo llevó en su coche al Hotel Universo, y tras emocionarse viendo una rondalla y abrazar a una jotera presa del júbilo, y maravillarse ante la basílica del Pilar, acabó por decir que «solo en Zaragoza había percibido las palpitaciones del alma española».

            Parece increíble que un científico forjado en una época donde todo el universo se reducía a la Vía Láctea fuera capaz de crear una teoría tan bella como eficiente y que a día de hoy sigue abarcando todo el universo conocido. Su herencia sigue viva en prácticamente cada rincón de nuestras ajetreadas vidas: en los láseres de los lectores de BlueRay, en los GPS, en los generadores fotovoltaicos, en los viajes espaciales, en las centrales nucleares, y prácticamente en cada uno de los átomos que nos componen. Aquí parece estancarse la imagen del hombre que nos dio una nueva perspectiva del mundo, y que a nivel filosófico nos enseñó que todo punto de referencia es correcto, solo hay que tener en cuenta el ángulo desde que estamos mirando. Todo cambió aquel día de 1998 cuando su constante cosmológica, que se vio obligado a introducir en sus ecuaciones para evitar matemáticamente el colapso del universo, y a la que él mismo llamó el mayor error de su vida, volvió a resucitar tras descubrirse la expansión acelerada del universo, obligándonos a crear el concepto tan misterioso que llamamos energía oscura, y que nos ha obligado a replantearnos todos los cimientos de nuestra ciencia. Pero ésa, amigos, es otra historia.



Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca.

martes, 21 de marzo de 2017

El cielo del mes de marzo 2017





Como cada mes nuestros compañeros de AAHU en Barbastro, AstroSomontano, nos han preparado el "Vídeo del mes de marzo 2017" en el que nos dan toda la información sobre próximas efemérides astronómicas, visibilidad de los planetas, constelaciones del mes, etc.

ROBERT HOOKE, EL LEONARDO BRITÁNICO

“Debemos ver en los instrumentos científicos una prolongación de nuestros sentidos”.


 Esta sencilla y reveladora frase define a la perfección a una de las más innovadoras y creativas mentes de la historia de la ciencia, una mente que podría considerarse, sin miedo a equívoco, la primera puramente mecanicista y empírica de la historia, dejando a un lado misticismos o creencias religiosas. Estamos hablando del gran científico del S. XVII Robert Hooke, al que los registros, por fortuna o por conspiración, se han empeñado en mantener olvidado y menospreciado.


            Nacido en el seno de una familia humilde, aunque de cierta posición social, Robert Hooke siempre fue considerando como un científico de segunda por sus compañeros de profesión, al que relegaron casi desde el principio, aun habiendo aportado algunos de los conceptos más innovadores de la época, al simple puesto de ayudante en la Royal Society, de la fue cofundador y llegó a dirigir hasta el día de su muerte. Estamos hablando de una de las mentes más abiertas y privilegiadas que la ciencia ha visto en relación a su época que le hicieron adentrarse en mundos hasta el momento desconocidos.

            A la temprana edad de 10 años fue capaz de reproducir pieza por pieza un reloj que él mismo talló en madera y hacer que funcionara, a partir de otro desarmado que encontró. Fue también con esa edad, gran sorpresa de un pintor que casualmente se alojó en su casa, al ver la extraordinaria habilidad con la que el pequeño Robert copiaba a la perfección unos cuadros presentes en la casa, pese a que era la primera vez que tocaba unos utensilios de pintura artística. Así, auspiciado y recomendado por el propio pintor, saltó a Londres para iniciar sus estudios y recibir formación en pintura, aunque Robert se decantó por la ciencia, dado que dominó el arte del dibujo en muy poco tiempo y la técnica ya no tenía secretos para él.

            Su prodigiosa habilidad para construir ingenios mecánicos le valió para rescatar del olvido y potenciar enormemente el microscopio. Esto, sumado a su don innato para el dibujo, le permitieron crear una de las obras de biología más importantes del S. XVII, “Micrographia”, donde por primera vez en una obra científica se incluían detalladísimas ilustraciones del mundo de lo diminuto realizadas por él mismo, en una época en la que la mayoría de científicos tenían la vista puesta en el cielo. Fue también precursor de conceptos que aún a día de hoy resultan abstractos, como la relación directa entre energía vibrante y materia. Robert Hooke ponía de manifiesto una teoría que para entonces resultó tan absurda que no fue digna de consideración por sus contemporáneos, la idea de que la materia es realmente una manifestación sólida de la energía. Fue también, gracias a sus estudios del péndulo cónico y extrapolando de idea de fuerza centrípeta ejercida por el cordel del mismo, el que originó la idea de la gravitación como fuerza a distancia (cosa que Newton jamás reconoció). Y no acabó aquí, fue también creador de la teoría de la capilaridad, creó el concepto de partículas como elementos finales e indivisibles de la materia, inventó el primer telescopio cassigrin (a día de hoy unos de los más potentes del mundo), el resorte de muelle como mecanismo de relojería, que permitió la creación del reloj de bolsillo, la primera cámara de vacío junto a Robert Boyle (quien se llevó todo el mérito del invento), el diafragma gris, que sigue siendo a día de hoy muy utilizado en muchísimos instrumentos ópticos o diversos utensilios de medida de meteorología.

            Sin embargo, y de forma muy desmerecida, la única razón por la que conocemos y recordamos hoy a Robert Hooke, es gracias a la ley que lleva su nombre y que estudia la elasticidad de los cuerpos en estado estático y que todos estudiamos en edad más o menos temprana una vez llegados a los estudios secundarios. La ley de Hooke establece que “la fuerza que devuelve un resorte a su posición de equilibrio es proporcional al valor de la distancia que se desplaza de esa posición”, y cuya expresión matemática es:
F=-k·Δx.

Esto abrió, como ya había hecho en otros campos antes mencionados, la puerta al estudio de la elasticidad de los materiales, tan importante a día de hoy (y también entonces aunque en menor medida) para sectores tan importantes como el de la industria y la construcción.

            Y es precisamente en la arquitectura donde mayor contribución hizo Robert Hooke. Fue nombrado supervisor de la reconstrucción de Londres tras el incendio que arrasó la ciudad en 1666, y no contento con reconstruir lo que ya había, elevó nuevos edificios como el Raggley Hall o el Bethlehem Royal Hospital, de extraordinaria belleza en la época y hoy sustituido. Bien podría haber pasado a la historia además como uno de los arquitectos con más talento de la historia, pues introdujo el arco de catenaria como medida de sustentación perfecta, siendo así pionero y absoluto precursor en el uso de la matemática hiperbólica aplicada a la arquitectura, tan extendida a día de hoy y cuyo máximo exponente contemporáneo ha sido Antoni Gaudí, famoso por el uso de superficies hiperbólicas como elementos estructurales.

            Abrió las puertas también para los científicos futuros a un concepto totalmente impensable para la época. La evolución de las especies. Robert Hooke, tras estudiar diversos fósiles, llegó a la conclusión de que no eran caprichos de la geología sino seres de hace miles o tal vez cientos de miles de años que por algún proceso químico desconocido llegaron a petrificarse, y que por lo tanto podrían tener descendencia en el presente aunque tal vez con formas diferentes.

            Solo una mente completamente abierta y libre de prejuicios podría materializar tal variedad de ideas, tan diversas y tan adelantadas a su tiempo. No obstante, ninguno de sus contemporáneos llegó a valorar su trabajo de la manera que se merecía, llegando incluso a plagiarle, ignorarle o (dicen las malas lenguas) robarle parte de sus trabajos. Trataron de borrarle de la historia, extraviando retratos suyos (hoy no se conoce la existencia de ninguno), documentos, estudios o incluso robándole inventos y atribuyendo a otros obras arquitectónicas suyas. Tal es el castigo que sufre una mente demasiado adelantada a su tiempo. La fuerza del trabajo de Robert Hooke ha acabado hablando por sí misma, haciendo imposible su boicot, y a día de hoy una biografía suya cayó en las manos de este humilde aficionado a la ciencia, que se ve en la obligación de darle el homenaje que se merece.



Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca.

lunes, 6 de febrero de 2017

Mitos y Leyendas de la Mitología Griega - AURIGA

El Mito del Auriga o Cochero



Vídeo realizado por AstroSomontano, de AAHU

El Cielo del Mes - Febrero 2017

Como cada mes nuestros compañeros de AAHU en Barbastro, AstroSomontano, nos han preparado el "Vídeo del mes de Febrero 2017" en el que nos dan toda la información sobre próximas efemérides astronómicas, visibilidad de los planetas, constelaciones del mes, etc.


miércoles, 25 de enero de 2017

Nikola Tesla, el mago de la electricidad

            Carlo Dossi dijo «los locos abren los caminos que más tarde siguen los sabios» y aún podríamos añadir: «detrás van todos los demás». Y es que en esta sociedad de convencionalismos lo más fácil es tildar de loco a aquel que osa intentar llegar donde nadie más se atreve, simplemente porque ve más allá de donde alcanzan los demás. Siempre que pensamos en la figura del científico loco solemos verla envuelta en un aura de misterio y romanticismo, como una trágica e incomprendida figura literaria. Pues bien, Nikola Tesla, nacido en 1856 en la pequeña localidad hoy croata de Smiljan, encarna a la perfección la imagen del científico loco, incomprendido y adelantado a su tiempo en décadas, movido por ideales y principios en vez de por dinero o fama, capaz de imaginar por completo un mundo nuevo, que aún hoy sigue pareciendo una lejana idea futurista, en su prodigiosa mente.


            El 1 de mayo de 1893, con un año de retraso, abrió sus puertas la exposición universal de Chicago. A la inauguración acudieron los reyes de España y Portugal así como otros mandatarios extranjeros, ante quienes el presidente de los Estados Unidos, Grover Cleveland, hizo girar una llave de paso dorada para encender el sistema eléctrico de Tesla y Westinghouse. Entonces, escalonadamente, se fue activando la maquinaria del recinto y se encendieron uno tras otro los diferentes pabellones gracias a las 180000 bombillas instaladas. La muchedumbre, como es lógico, quedó totalmente estupefacta ante tamaña maravilla. Finalizaba, de esta incontestable manera, la guerra de las corrientes, que le había enfrentado durante los años anteriores al gran y admirado Thomas Alva Edison, defensor aférrimo de la corriente continua. Tesla diseñó a finales del S. XIX unos sistemas de generación, distribución y transformación de corriente alterna que siguen vigentes hoy día, mucho más eficientes, más baratos y más potentes que los desarrollados por Edison. Para entonces Tesla había desarrollado una prometedora carrera en Estados Unidos gracias al magnate de la energía George Westinghouse, un declarado enemigo de Edison, con el que se había asociado para ampliar la empresa Westinghouse Electric. Pese a la agresiva propaganda de Edison (el cual se había metido a los medios en el bolsillo) en contra de la corriente alterna, llegando incluso a ejecutar un elefante en público, la corriente alterna de Tesla ganó no solo el contrato para iluminar la expo de Chicago, sino también la explotación de las cataratas del Niágara ese mismo año, demostrando que era segura, eficiente, limpia y barata, y demostrando también que Tesla era el mayor conocedor de la electricidad de su tiempo.
            Nikola Tesla tenía una mente prodigiosa, de esos genios que solo aparecen una vez cada 100 años, mezcla de científico e inventor, era capaz de visualizar en su mente cualquier ingenio o experimento que se le ocurriera igual que si lo estuviera viendo en la realidad. Tal era su capacidad que ni siquiera hacía pruebas de sus desarrollos, siempre funcionaban a la primera. Se dice que tenía visiones en ciertos períodos de crisis y por las descripciones que se han dado es muy probable que pasara por episodios sinestésicos. Siendo muy joven y mientras paseaba por un parque junto a un amigo, tuvo una de sus revelaciones y se apresuró a dibujarla con una rama que encontró en la arena del suelo. El diagrama resultante era nada más y nada menos que el motor de campo magnético rotatorio, es decir un motor trifásico de corriente alterna extremadamente eficiente, que sigue vigente hoy en día. Tras el desarrollo y comercialización de la corriente alterna, el científico no se quedó ahí. Gracias a sus investigaciones, su intuición y sobre todo el reciente desarrollo teórico que habían tenido las ecuaciones de Maxwell, pronto comenzó a interesarse por las ondas electromagnéticas y todas las posibilidades que ofrecían. A partir de ahí Tesla abrió un mundo nuevo, hoy todavía soñado.
            Siempre fue un visionario entregado al bien de la humanidad y sus ideas no siempre fueron bien recibidas en el mundo de los negocios. Por aquel entonces los grandes magnates dueños de las corporaciones americanas estaban sumidos en una guerra por el control del mercado; apellidos como Morgan, Rockefeller, Carnegie, Vandervilt o Rothchild eran ya sinónimo de poder más allá de lo imaginable. En un mercado donde se empezó a forjar la economía de «gran capitalismo» que tenemos hoy en día, la manipulación de acciones, la fusión de empresas y la búsqueda de proyectos millonarios estaban a la orden del día. Así fue como el gran Tesla consiguió engañar al todopoderoso John Pierpont Morgan, uno de los banqueros más ricos de la historia, fundador de General Electric que además de la electricidad llegó a controlar el acero, el ferrocarril, el petróleo y el carbón. Su gran estrategia era comprar empresas para reflotarlas y fundirlas en gigantescas corporaciones que hoy siguen funcionando como dueñas de los mercados. Tesla consiguió embaucarle para que financiara su gran proyecto, la transmisión inalámbrica de energía e información gratuita para todo el mundo. En su mente había creado una sociedad basada en las energías renovables limpias y sostenibles, donde todo el mundo tendría acceso gratuito a ellas en cualquier parte del mundo, donde cualquier persona podría recibir y enviar información de cualquier tipo (voz, imágenes, texto) a través de un dispositivo portátil, donde todos los transportes tendría un sistema de posicionamiento global y de ajuste horario, donde todos los teléfonos y dispositivos de comunicación del mundo estarían conectados entre sí formando una gigantesca red global. Este ambicioso proyecto lógicamente no iba a ser del agrado de alguien que pretende sacar rentabilidad de ello, así que Tesla consiguió su financiación alegando que trabajaba en un sistema de transmisión de radio. Erróneamente se atribuye la invención de la radio al italiano Marconi, pero en 1943, unos meses después de la muerte de Nikola, el gobierno estadounidense falló finalmente a favor del mismo, reconociéndole la autoría de gran parte de los elementos utilizados en su desarrollo y gracias a que en 1893 había presentado los principios de la transmisión inalámbrica. Hoy día aunque la mayoría de los libros de texto y documentación ponen a Guillermo Marconi como inventor de la radio, fue en realidad el mismísimo Nikola Tesla quien desarrolló todo lo necesario para ello. Su proyecto de la energía inalámbrica le llevó durante el camino a descubrimientos asombrosos y muy adelantados a su época, como por ejemplo el autómata teledirigido, algo tan estrambótico para el año 1898 que pasó sin pena ni gloria, o como la frecuencia de resonancia específica para la materia según su naturaleza. Descubrió también por casualidad los rayos catódicos, luego llamados rayos X y su aplicación médica, llegando a realizar una foto de su propia mano. Debido a que normalmente su tiempo lo empleaba en su gran sueño, este proyecto se quedó archivado, y fue Willhem Rontgen quien años más tarde se llevó el mérito y el premio nobel por descubrir lo mismo. Inventó la bombilla de bajo consumo ionizada por gas, precursora de los tubos de neón y fluorescentes de hoy en día, cuyo principio está basado en la ionización de gases a baja presión sometidos a voltajes y frecuencias altas. Esto le llevó a descubrir más tarde que la ionosfera era un excelente conductor así como la propia corteza terrestre, de ahí dedujo e incluso llegó a calcular matemáticamente que la Tierra podría tener su propia resonancia u ondas electromagnéticas estacionarias (que más tarde comprobaría experimentalmente gracias a una enorme tormenta), debido a que la capa de la atmósfera entre la ionosfera y la tierra actuaría como una guía de onda. Esto quedó en el olvido y no fue hasta 50 años más tarde cuando se pudo comprobar que tal frecuencia existe y que sus valores son sorprendentemente cercanos a los que Tesla calculó solo a nivel teórico. Hoy en día es llamada la Resonancia Schumann, y se aplica a ondas de radio de frecuencias extremadamente bajas.
            Para poder realizar exitosamente la transmisión de energía inalámbrica desarrolló la ya famosísima bobina que lleva su nombre, capaz de generar voltajes y frecuencias elevadísimas. Para ello consiguió un terreno en Colorado Springs donde construyó todo lo necesario. El espectáculo debía ser aterrador para la gente del pueblo cercano, que llegada la noche veían toda suerte de luces fantasmagóricas y terribles descargas eléctricas en todas direcciones. Desgraciadamente para Tesla, un sistema de transmisión inalámbrica de energía gratuita para todo el mundo no interesaba para nada a su mecenas J.P. Morgan, que por entonces también controlaba la industria del cobre, así que mediante una escueta pero contundente carta decidió cortar relaciones y por tanto la financiación del proyecto de su torre de telecomunicaciones. A partir de aquí su caída fue en picado debido a que su enorme torre, de 56 metros de altura, era un pozo sin fondo y no pudo afrontar los gastos. No obstante esto no le detuvo y continuó desarrollando inventos y conceptos innovadores como el avión de despegue vertical, cuyo concepto principal es la base a día de hoy, o la turbina Tesla, tan extremadamente eficiente que los materiales de la época no resistían la fuerza generada y se deformaban, y que ha llegado evolucionando hasta nuestros días. Sus años finales fueron desastrosos y no le quedó más remedio que declararse en bancarrota ante una asombrada sociedad que o lo veneraba como un mito o lo trataba de loco. El golpe más duro llegó cuando su gran benefactor y amigo John Jacob Astor, cuarto en el linaje de la primera familia millonaria de Estados Unidos y promotor del famosísimo Waldorf-Astoria, en el cual estaba alojado Tesla con el beneplácito de su amigo, falleció en el accidente del Titanic y se vio obligado a abandonar el hotel. Así fueron sus últimos años, viéndose obligado a mendigar alojamiento de hotel en hotel, tratando infructuosamente de conseguir nuevamente el beneplácito de una alta sociedad americana que había perdido la confianza en él, e incapaz de pagar sus deudas. Murió sólo en la habitación 3327 del hotel New Yorker un 7 de enero de 1943; dos días después el FBI confiscó toda la documentación que guardaba en esa habitación, intentando despejar las dudas que el mismo Tesla había sembrado acerca de la invención de un «rayo de la muerte» capaz de fulminar un avión a 400 km. e inevitablemente se perdieron varios de sus estudios, tras su minuciosa inspección durante varios años toda la documentación fue devuelta a su sobrino, diplomático del gobierno yugoslavo, y éste los trasladó a la fundación de Belgrado.
            Rindo así merecido homenaje con este artículo, en este mes de enero, 73º aniversario de su muerte, al gran visionario y padre de la tecnología de nuestro tiempo, Nikola Tesla, el mayor científico loco de la historia, que encarna el mito trágico del campeón de la verdad que se ve obligado a enfrentarse en solitario a enemigos monstruosos, el arquetipo de héroe que se alza contra los dioses en beneficio de la humanidad, y acaba siendo aniquilado por su osadía y excluido de la memoria de su tiempo de forma injusta, pero al que el tiempo le ha dado la razón ante la predicción que él mismo lanzó en sus últimos años: «El presente les pertenece. El futuro, para el que yo trabajo, será mío».


Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca.

Mito del mes de enero: Géminis

Este mes os presentamos el video sobre mitología, Mito de Géminis o de los Gemelos según la Mitología Griega


Cielo del mes de enero

Video del cielo del mes realizado por miembros del grupo Astrosomontano
Como cada mes os ofrecemos nuestro "Vídeo del mes de enero"
Constelaciones visibles, fases lunares, objetos messier... Toda la información astronómica del mes.



miércoles, 11 de enero de 2017

LA MATERIA OSCURA, UN UNIVERSO NUEVO

            En 1497, a la temprana edad de 24 años, un joven astrónomo de origen polaco, muy influenciado por antiguos eruditos como Aristarco de Samos, desarrollaba sus ideas en una Europa fuertemente dominada por la iglesia católica. Dios era el centro y la razón del funcionamiento del mundo, era indiscutible, era inamovible. El universo terminaba en la última de las esferas del cielo de Dante, y en el centro de todo estaba situada la Tierra. El Sol, los planetas y las estrellas giraban en torno a la Tierra en una suerte de ingeniosísimo artificio matemático que culminó en Aristóteles, y donde absolutamente todos los movimientos celestes quedaban, salvo algunas imprecisiones, perfectamente explicados. Tal fue la sofisticación de la teoría griega que llegaron incluso a fabricar un planetario portátil capaz de predecir eclipses, el famoso mecanismo de Anticitera. Resultaba muy osado tratar de cuestionar la voluntad de Dios y aquellos herejes que se atrevían, veían un horrible final presas de las llamas.


            El ingenio de este joven polaco no solo le llevó a construir una nueva teoría mucho más simple, la cual tardaría 25 años en demostrar y plasmar en el libro más importante de la historia, De Revolutionibus Orbium Coelestium, sino que pudo presentarla a modo de ficción, de manera que la iglesia no le prestara atención. Tras numerosos estudios de antiguos astrónomos y barajar una idea tan novedosa como ridícula, el joven comprobó que los movimientos celestes eran mucho más fáciles de predecir y mucho más precisos con un sencillo cambio; quitar a la Tierra del centro del universo y poner al Sol. Fue tal la revolución que generó su publicación que el libro fue prohibido por la iglesia durante los siguientes 300 años. Su nombre es Nicolás Copérnico y el efecto fue tan devastador que el universo y el ser humano jamás volvieron a ser los mismos. Se inició así la primera de las revoluciones copernicanas, que significó el triunfo de la razón sobre las ideas preconcebidas, cambiando el paradigma para siempre.
            Descubrir que nuestro planeta no es centro del universo solo fue el principio, después vino la segunda revolución copernicana cuando descubrimos que el Sol tampoco lo era, y que pertenecíamos a una gigantesca galaxia millones de veces más grande. Más tarde, con la tercera revolución copernicana descubrimos que el universo tenía miles de millones de galaxias como la nuestra y que además se estaba expandiendo.
            Cada uno de esos descubrimientos nos hace más y más insignificantes, y a día de hoy la cosa no ha cambiado. Vivimos la cuarta de las revoluciones copernicanas desde que se descubrió que la materia visible del universo, galaxias, agujeros negros, cuásares, púlsares, estrellas de neutrones, enanas marrones, polvo y gas intergaláctico, planetas, asteroides, cometas o materia que flota perdida en el espacio, es decir, toda aquella materia (podamos o no podamos verla desde aquí) que está formada por átomos y que interactúa con la luz, no es más que el 5% de la composición total del universo. Y las teorías científicas, que después de tantos siglos hemos refinado, realmente solo sirven para explicar esa pequeñísima porción del todo. El 95% restante, del cual apenas sabemos nada, están formados por dos misteriosos componentes, la materia oscura y la energía oscura, un 27% y un 68% respectivamente.
«La ciencia avanza mejor cuando las observaciones nos obligan a cambiar nuestras ideas preconcebidas.»
            En el año 1933, un científico de origen noruego llamado Fritz Zwicky, descubrió mientras investigaba un gran cúmulo de galaxias, llamado cúmulo Coma, que su materia visible no podía ser suficiente como para explicar las enormes velocidades de rotación observadas. Propuso la existencia de una «materia oscura» que contribuía a la masa total del cúmulo, el cual rellenaba todo el espacio entre ellas a modo de un enorme halo. Incluso produciría un efecto, ya predicho por Einstein, de lente gravitatoria. Como siempre suele pasar ante descubrimientos que se adelantan demasiado a su tiempo, la proposición de Zwicky fue tomada como una extravagancia y relegada al olvido hasta que 40 años más tarde, la americana Vera Rubin volvió a llegar a la misma conclusión, tras comprobar que las galaxias que investigó rotaban a una velocidad mucho mayor de la esperada. Para que las velocidades obtenidas por Rubin y Ford en sus observaciones concordaran con las teorías newtonianas y de Einstein se requería una masa 10 veces superior a la visible como mínimo. Empezó entonces «la caza de la materia oscura», una búsqueda que no ha concluido y que parece ir para largo.
            A día de hoy seguimos sin saber qué es exactamente la materia oscura, sin embargo, sí sabemos lo que no es. Tras varias décadas de investigaciones lo que podemos decir sobre ella es que no se trata de materia bariónica, es decir no son átomos ni ninguna clase de partícula subatómica conocida. Sabemos también que abunda en el universo en una cantidad 5 veces superior a la materia visible. Gracias a muchas observaciones sabemos que no interactúa, o lo hace de una forma extremadamente débil, con la materia conocida; y no tiene ninguna clase de interacción con la radiación electromagnética, por lo que resulta totalmente invisible, como si se tratase de una longitud de onda que no somos capaces de ver ni de imaginar siquiera. Sin embargo, sí que tiene la capacidad de deformar el espacio causando una atracción gravitatoria, y que por lo tanto toda la estructura material ordinaria del universo se agrupa entorno a esta materia oscura.
            El astrofísico David Spergel de la universidad de Princeton en New Jersey, una de las mayores autoridades a nivel mundial en lo referente a la radiación de fondo de microondas del Big Bang, asegura que, sin la materia oscura, 13.800 millones de años no habrían sido suficientes para la formación del universo. Ésta actúa a modo de andamiaje entorno a la cual se agrupan todas las galaxias y se convierte en la razón principal de por qué el universo es como es. Una de las mejores pruebas de su existencia con las que contamos es el mapa de la radiación de fondo de microondas que trazó el telescopio espacial WMap en 2001. En él se observa cómo era el universo cuando solo tenía una edad de 385.000 años y en la foto adjunta podemos vislumbrar un granulado básico fruto de las variaciones de temperatura que había de unas zonas a otras.
            A día de hoy existe una ferviente actividad entorno a la búsqueda de la materia oscura. La carrera para encontrar la partícula perdida es una de las prioridades a nivel mundial y existen numerosos experimentos orientados en este aspecto. No cabe duda de que será una revolución que nos traerá una nueva concepción del universo, pero hablaremos de ello en el próximo artículo.


Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca