miércoles, 6 de septiembre de 2017

                                          COPÉRNICO EL REVOLUCIONARIO

            

             En muchas ocasiones, lo más admirable de la inteligencia del ser humano, no es su capacidad para encontrar la verdad, sino la de persistir en un error, y desarrollarlo hasta tal punto que acaba convirtiéndose en verdad. Solo somos capaces de conocer el mundo en la medida que nos conocemos a nosotros mismos. Cuando la humanidad se encuentra, ignorante, en uno de esos atolladeros, la observación del mundo suele estar desajustada con las herramientas de medida, y surgen correcciones que complican más y más el modelo vigente. Solo alguien con una mente superior, no solo a la de sus contemporáneos, sino también a la de su propio tiempo, alguien con una visión más allá de las ideas preconcebidas, es capaz de cambiarlo todo de forma que el mundo ya nunca vuelva a ser el mismo. En la historia de occidente solo tres personas han sido capaces de algo tan audaz: Pitágoras de Samos, Nicolás Copérnico y Albert Einstein; pero si hemos de nombrar a alguno de ellos como ejemplo de lucha contra los propios prejuicios y las ideas preconcebidas, sin duda ése es Copérnico.

            En una convulsa época donde el gélido oscurantismo medieval se iba fundiendo con la cálida luz que traía el tsunami del humanismo italiano en el S. XIV, la concepción del mundo iba poco a poco resquebrajándose inevitablemente con los mazazos de los nuevos descubrimientos. El arte demandaba un resurgir de las ideas clásicas griegas; un genovés llamado Colón, descubría un nuevo mundo; el hombre demandaba protagonismo frente a Dios; la invención de la imprenta abría una nueva era de difusión del conocimiento, hasta entonces recluido en monasterios; caía la orden teutónica, última de las órdenes de caballería medievales; Constantinopla era conquistada por los Turcos; se creó la iglesia protestante de manos de Lutero y se demostró empíricamente por primera vez que la Tierra es esférica, entre otras muchas cosas. Y en todo ese huracán, el menor de los hermanos de una familia adinerada de Torun, Polonia, ponía la guinda al pastel tras años de lucha interna, sabiendo que sus nuevas teorías podrían poner el mundo patas arriba. Por primera vez en la historia aparecía una teoría heliocéntrica explicada matemáticamente con gran detalle, que sería el principio del fin del geocentrismo. Estamos hablando del Renacimiento.

            Copérnico tuvo acceso tanto a antiguos escritos como mediciones de anteriores astrónomos como el Almagesto de Ptolomeo, las tablas alfonsíes sufragadas por Alfonso X el Sabio, o el Catálogo de las estrellas de Ulug Beg. Ahí encontró interesantes teorías como la de Aristarco de Samos, que proponía por primera vez el heliocentrismo, pero más a nivel filosófico que científico, las de Azarquiel, que adjudicaba a Mercurio una órbita elíptica en vez de circular, o Hicetas y Heráclides que creían que la Tierra rotaba sobre su eje. Promovido seguramente por el ambiente creativo e innovador de la Universidad de Cracovia y por su mentor en astronomía Domenico María de Novara, Nicolás Copérnico se vio imbuido de una curiosidad exacerbada por descubrir los entresijos de la maquinaria celeste. En el S. XV todavía no existía el telescopio, los instrumentos de medida eran todavía los mismos que habían estado usando los griegos muchos siglos antes, como el sextante, el astrolabio, la esfera armilar o el triquetrum, pero más precisos y más grandes, lo que permitía obtener datos más exactos. Y tal como decíamos al principio del artículo, el ser humano es capaz de persistir en un error sin saberlo mientras no tenga la evidencia suficiente. Copérnico se dio cuenta de que la ciencia estaba en un callejón sin salida. Había llegado el momento de abrir la caja de pandora.

            Siendo un hombre profundamente religioso y con una gran admiración por las teorías de Aristóteles y Ptolomeo, no somos capaces de imaginar la lucha interna a la que debió estar sometido mientras, año tras año, iba obteniendo nuevos datos y recopilando información en su observatorio. Iba a ser el artífice de la destrucción del mundo tal y como había sido conocido durante casi dos mil años. Tenía que estar preparado para respaldar cualquiera de sus afirmaciones. La Inquisición era extremadamente dura con todo aquel que cuestionara el sistema preestablecido, así que decidió dotar a su teoría con el mayor aparato matemático que se conoce hasta esa fecha.

            En su libro Commentariolus hace un resumen y una exposición anticipada de su visión del cosmos, y pese a haber tenido una aceptación mayor de lo que esperaba, Copérnico seguía reticente a publicarlo por lo que solo circularon copias entre sus más allegados. Pero su gran obra, la que le llevó 30 años escribir y completar, fue De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre las Revoluciones de los Orbes Celestes). Una obra que le perturbaba profundamente por sus implicaciones y por sus consecuencias. Posiblemente no sería aceptada e incluso podría ser condenado por la iglesia católica, que lo había nombrado canónigo en la catedral de Fromborg en 1501. Pero lo que más le preocupaba es que podría cambiar el mundo radicalmente, incluso, pensaba él, sumirlo en el caos. Pese a todos esos prejuicios, su determinación a resolver el enigma celeste era tan fuerte que pasaba noche tras noche estudiando el cielo.

            Esta obra monumental consta de 6 libros: en el primero presenta una visión general de la teoría heliocéntrica, y una explicación corta de su concepción del mundo, en el segundo los principios de la astronomía esférica y una lista de las estrellas, el tercero está dedicado a los movimientos aparentes del Sol, en el cuarto se describe la Luna y sus movimientos orbitales y los dos últimos explican detalladamente el funcionamiento del nuevo sistema. Copérnico tuvo especial cuidado en los cálculos matemáticos y fue muy meticuloso a la hora de refutar la anterior teoría. Sentía un profundo respeto por la genialidad de Ptolomeo (su Almagesto era su libro de cabecera), así que, punto por punto, fue rebatiendo los inconvenientes que presentaba el geocentrismo y ofreciendo una alternativa que se ajustaba más a los datos obtenidos durante las observaciones. Puede considerarse sin ninguna duda la obra más importante de la historia de la ciencia y el principio del método científico.

            No solo dio al mundo la visión del cosmos que hoy sigue vigente. También contribuyó a la sociedad con la reforma del calendario, el establecimiento de una moneda polaca, un precio justo para el pan y el trigo o elaborando mapas. Fue además afamado médico en toda Europa, una de esas personas tan admiradas que parecen ir a la vanguardia del mundo, abriendo un camino entre tinieblas, tan osado que pocos se atreven a seguir después. Pero una vez plantada la semilla, el árbol acaba por crecer, y a día de hoy damos gracias a la vida por habernos mandado a un Copérnico.


Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca


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