miércoles, 18 de julio de 2018

JAMES LOVELOCK Y LA TEORÍA GAIA.

N.A.S.A., 1961. El profesor James Lovelock, licenciado en química por la Universidad de Manchester en 1941, en medicina por la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical en 1948, y en biofísica por la Universidad de Londres en 1959, es convocado para el desarrollo de instrumentación de alta precisión para incorporarla al programa Viking. Su misión es el estudio de habitabilidad del planeta Marte; y de darse las condiciones, la búsqueda de vida en el mismo. Cuando llega a las instalaciones de desarrollo de la N.A.S.A. el panorama que se encuentra es desolador. Ingenieros mecánicos, inexpertos en el campo de la biología, son los encargados de crear detectores de vida. El profesor Lovelock se interesa por una especie de ingenio cubicular parecido a una trampa. Cuando pregunta acerca de su funcionamiento, el ingeniero padre de la criatura le responde: “Es un atrapa moscas, según nuestras observaciones Marte es un planeta completamente cubierto de desiertos. Todo el mundo sabe que en los desiertos viven camellos, por lo que estoy seguro de que mi dispositivo será capaz de atrapar alguna de las numerosas moscas que vuelan a su alrededor”. James Lovelock vaticina el fracaso absoluto de la misión, aun cuando el planeta estuviese rebosante de vida. En colaboración con Carl Sagan, determinan que la mejor forma de estudiar la habitabilidad y la existencia de vida en Marte es mediante el análisis de su atmósfera. Fue a partir de aquí cuando, en la mente del brillante profesor James Lovelock, empezaron a germinar las semillas de la que sería su aportación científica más controvertida: La Teoría Gaia.


                Los análisis de la atmósfera de Marte determinaron que se trataba de un planeta inerte, pues se encontraba cerca del total equilibrio químico, con una gran mayoría de dióxido de carbono en su composición y apenas oxígeno. Carl Sagan barajó la posibilidad de que todavía albergara oasis de vida, quizás donde quedase algo de agua, pero finalmente se descartó esta opción. Fue durante este periodo cuando James Lovelock se percató de la enorme influencia que la vida tiene en la química de un planeta. Gracias al ciclo del agua, los nutrientes fluyen por todo el planeta, y gracias al aire, los gases emitidos por las diferentes formas de vida se extienden a lo largo y ancho del planeta. La gravedad se encarga de trasladar los materiales de arriba hacia abajo, pero la vida lo hace lateralmente, e incluso de abajo hacia arriba. La teoría Gaia propone que todas las formas de vida y las no vivas de un planeta, forman un complejo sistema en interacción que puede ser considerado como un solo organismo vivo. De esta manera, la biosfera ejerce una influencia tal sobre el planeta, que mantiene una regulación de las condiciones aptas para la propia vida. El planeta al completo así, se convierte en un sistema autorregulado. Sin teologismos, sin divinidades, simple acción y reacción.

                James Lovelock desarrolló esta teoría en su época de científico independiente. Gracias al desarrollo de ciertos inventos, cuyas patentes le proporcionaron ingresos de por vida, no necesitó de financiación de gobiernos ni universidades. Fue el inventor del detector de electrones, tan sensible (a día de hoy sigue siendo el método de detección química más sensible que existe) que fue capaz de detectar en partes por millón la existencia de compuestos clorofluocarbonados en la atmósfera (o CFC’s) que hoy sabemos son tan perjudiciales para la capa de ozono; de hecho, James Lovelock vaticinó su desaparición completa si no se regulaba el uso de fertilizantes y pesticidas. Si bien en principio se rieron de él, con el paso de los años se demostró que tenía razón. En 1952 también realizó aportaciones, que luego fueron cruciales, en el campo de la criogenización de células. Sus investigaciones demostraron que el daño celular se produce cuando el hielo se separa en cristales como sustancia pura de otras como sales y soluciones. En esa misma década participó en el desarrollo de soluciones para el resfriado común y para otras infecciones respiratorias. Es también inventor del detector de Argón, importantísimo para la cromatografía de gases. Todas estas aportaciones le permitieron ser uno de los pocos científicos que, a día de hoy, con casi 99 años, pueden considerarse autofinanciados.

                El no verse sometido a voluntades comerciales de multinacionales o intereses políticos de gobiernos e instituciones, pudo dedicarse a lo que realmente le interesaba: la química planetaria. Durante los primeros 25 años (y aún a día de hoy) sus ideas fueron fuertemente criticadas, tildándolas de religiosas más que de científicas. James Lovelock entonces volvió al ataque con un modelo computerizado y matematizado al que llamó el planeta de las margaritas. Este demuestra que, ante la variación en la emisión de energía de una estrella, un planeta con vida ejerce una resistencia al cambio, siempre y cuando sigan existiendo condiciones de habitabilidad. El modelo consiste en un planeta cubierto de margaritas de diferentes tonos desde blanco hasta negro. Una baja emisión de energía estelar favorece la existencia de margaritas negras, las cuales absorben calor y mantienen una temperatura constante; por el contrario, un aumento de emisión energética favorecería el crecimiento de margaritas blancas, que reflejarían gran parte de esa energía, manteniendo de nuevo una temperatura constante. Aplicándolo a nuestro planeta podemos decir que la vida, mediante su interacción con el medio ambiente, mantiene con enorme fuerza unas condiciones de temperatura y química planetaria aptas para sí misma.

                Hoy la teoría está no solo aceptada sino ampliamente demostrada, y sus resultados se extrapolan al estudio de otros planetas, como por ejemplo la terraformación (convertir en habitable un planeta), o la búsqueda de vida en los miles de exoplanetas que hemos descubierto, mediante en análisis de su composición atmosférica. Se puede decir sin temor a equivocarnos que James Lovelock es uno de los mayores precursores del ecologismo durante el siglo XX y uno de los más influyentes científicos en el avance de la exploración espacial. Hoy no conserva esperanza en que la humanidad, con nuestro nivel de tecnología actual, sea capaz por sí misma de sanar el daño que hemos hecho en la atmósfera y el océano. Por eso propone macroproyectos de geoingeniería, como el bombeo de agua rica en nutrientes desde las profundidades del mar, y así favorecer el desarrollo masivo de microorganismos, que reducirían los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Es también un acérrimo defensor de la energía nuclear como alternativa a los combustibles fósiles.

                Con casi un siglo de existencia, el profesor Lovelock sigue siendo un científico independiente, más cercano al artista renacentista que al mercenario a sueldo de los intereses de un gobierno. Hoy uno ya no sabe si la ciencia está al servicio de la humanidad o del interés de las multinacionales, pero es más necesaria que nunca la existencia de este tipo de investigadores.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca