jueves, 5 de octubre de 2017


JOHANNES KEPLER


LA ARMONIA DEL MUNDO DE JOHANNES KEPLER

          “Pero en medio de todo está el Sol. Porque ¿quién podría colocar, en este templo hermosísimo, esta lámpara en otro o mejor lugar que ése, desde el cual puede, al mismo tiempo, iluminar el conjunto? Algunos, y no sin razón, le llaman la luz del mundo; otros, el alma o gobernante. Trimegisto le llama el Dios visible, y Sófocles, en su Electra, el que todo lo ve. Así en realidad, el Sol, sentado en trono real, dirige la ronda de la familia de los astros.”
          Así de contundente dictaba Copérnico en su revolucionaria obra “Sobre la revolución de los orbes celestes” con la que, definitivamente, se iniciaba el heliocentrismo como un tren sin frenos. Estas palabras hicieron mella en la joven mente de Johannes Kepler que, en una época en la que se estaban removiendo los mismísimos cimientos del mundo, se declaró heliocentrista convencido. Pese a tener un pensamiento más próximo al medievo que a la era moderna, este enigmático y desconocido científico fue capaz, por fin, de darle una armonía al mundo y desentrañar los movimientos de los astros.
          Kepler nació en el seno de una buena familia venida a menos, en una pequeña localidad del sur de Alemania llamada Weil, en 1571. Ya desde pequeño, y a lo largo del resto de su vida, se vio perseguido por la mala suerte. Su tía fue quemada en la hoguera por brujería y más tarde su propia madre fue acusada por la inquisición por la misma razón; aunque afortunadamente consiguió librarse de la suerte de su hermana. Su primera esposa murió a causa de la locura y los 7 hijos que tuvo con la segunda murieron antes que él a causa de accidentes y enfermedades. No es aventurado, pues, pensar que Johannes Kepler se refugió en los cielos a la vez que en su propia mente. Platónico empedernido, se tomó como meta en la vida desentrañar los secretos del cosmos, pues una creación divina no podía sino responder a una ley tan bella como simple. Así que, lleno de determinación, emprendió un camino que ni siquiera él mismo pudo llegar a imaginarse.  Fue además un hombre capaz de trascender sus propios prejuicios, dejando a un lado las ideas preconcebidas que todavía se arrastraban de Aristóteles, para ceñirse exclusivamente al estudio de datos exhaustivos (fueran cuales fueran sus implicaciones). Y en aquella época, los datos más precisos del mundo estaban el poder de Tycho Brahe.
          Tycho Brahe fue un excéntrico noble apasionado de la astronomía que no solo perfeccionó, sino que también inventó, nuevos aparatos de medida. Su precisión en las mediciones y observaciones, siempre a simple vista, llegaron prácticamente al límite de lo que era posible antes de la invención del telescopio. No obstante, poco tiempo después, Galileo decidió utilizarlo para algo más que para la navegación y decidió apuntarlo hacia el cielo. Tycho Brahe sin embargo, era un detractor acérrimo de la teoría heliocéntrica de Copérnico y no fue capaz de aceptar la abrumadora evidencia de su trabajo le ponía ante sus ojos. No obstante, contribuyó de una forma decisiva al definitivo derrumbe de dos de los grandes pilares de la cosmología del medievo:
          1.- la inmutabilidad de los cielos, demostrando que la supernova aparecida en 1572 no era un fenómeno sublunar sino la aparición de una nueva estrella.
          2.- la existencia de las esferas cristalinas que transportaban los planetas, conclusión a la que llegó estudiando la trayectoria de los cometas.
          Kepler, atraído por la magnitud de su trabajo, quiso obtener los datos de Tycho para así poder desentrañar la armonía del movimiento planetario, de forma que el 1 de enero del año 1600 puso rumbo al observatorio de este último. La relación no fue buena, pues hablamos de dos mentalidades completamente diferentes: pensamiento moderno frente a pensamiento medieval. Lamentablemente su trabajo conjunto no llegó a dos años, Tycho Brahe murió en 1601. Kepler entonces se obcecó en conseguir los datos, viéndose obligado a robárselos a la familia Brahe.
Y éste fue el principio de todo. Kepler era un excelente matemático (recordemos que las matemáticas entonces no estaban muy desarrolladas) y utilizando todo su ingenio se lanzó a estudiar las posiciones planetarias, primero de la Tierra, pues ahora estaba en movimiento, y después de Marte, el más enigmático de todos. La enorme precisión de los datos de Tycho Brahe le permitió descubrir una pequeña excentricidad en la circunferencia de las órbitas tanto de Marte como de la Tierra, concluyendo así que las órbitas eran elipses. Nació así la primera ley de Kepler: “Las órbitas de los planetas son elipses y el Sol está en uno de sus focos”; y la segunda: “La velocidad orbital de un planeta es tal que una línea imaginaria que lo una con el Sol barre áreas iguales en tiempos iguales”. Su emoción por haber descubierto una armonía común tan hermosa lo llevó a intentar ir más allá, hallando así su tercera ley: “Los cuadrados de los periodos de los planetas son directamente proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol”.
Lo más sorprendente son las conclusiones que dedujo de todos sus descubrimientos. Dedujo que del Sol emana una fuerza que, al igual que la luz, disminuye con la distancia, haciendo girar más despacio a los planetas más lejanos. Pensó entonces que la Tierra ejercía la misma fuerza sobre la Luna y que los objetos ofrecían una resistencia al movimiento proporcional a su masa, así como que los objetos se atraen entre si de una forma inversamente proporcional a sus masas… un pensamiento bastante cercano al de Newton; y muchas veces se dice que Newton simplemente resolvió el problema que había dejado Kepler… pero eso lo estudiaremos en otro artículo.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca