martes, 3 de mayo de 2016

Marie Curie, fusión entre física y química.

            «Estoy decidida a poner todas mis fuerzas al servicio de mi país de adopción, ya que ahora no puedo hacer nada por mi desafortunado país.»


            1 de agosto de 1914. Francia inicia la movilización contra el ejército alemán. La nación alemana avanza con gran agresividad y el norte de Francia se ve fuertemente atacado. En Paris han caído tres bombas y millones de franceses combaten en el frente. El Instituto del Radio Curie está recién construido e inaugurado, pero todos los hombres han ido a la guerra. Marie no puede quedarse de brazos cruzados, tiene que hacer algo por el país que le ha dado tanto. Es el momento de poner al servicio de la humanidad los descubrimientos que la llevaron a la fama mundial junto a su difunto marido Pierre Curie. El ejército alemán se acerca peligrosamente a Paris en 1915. Con una fuerte determinación y armada del valor de todo un batallón, Marie Curie se pone en camino a Burdeos para proteger en la caja fuerte de un banco sus valiosas muestras de Radio. En el instituto no están seguras. En el viaje de vuelta a París Marie es la única persona civil del tren. Nadie excepto los soldados del ejército francés y todo hombre dispuesto a combatir se dirige al norte de Francia. Allí iniciaría una gran campaña de sanidad, primero en la retaguardia y posteriormente en el mismo frente de batalla, que salvaría la vida de más de un millón de franceses. Pero veamos primero qué llevó a esta gran mujer a arriesgar su vida, e incluso la de su hija mayor Irène, por el país que le abrió las puertas a la ciencia.
            Maria Salomea Sklodowska-Curie nació en Varsovia el 7 de noviembre de 1867, en una época en la que Polonia se veía dividida y dominada desde 1772 por Austria, Rusia y Prusia. Varsovia, que pertenecía a Rusia, se veía sometida a una fuerte opresión desde el levantamiento de 1863. Estaba prohibido hablar polaco e incluso enseñar historia y literatura nacional. El incumplimiento de cualquiera de estas directrices suponía un destierro a Siberia, destino que aún a día de hoy resulta insufrible. La pequeña Maria Salomea era una alumna muy destacada en su escuela, no en vano provenía de una familia de tradición en la enseñanza, pues tanto su padre como su abuelo impartían clases de física y matemáticas. Su padre de hecho llegó director del instituto en el que daba clase. Marie finalizó sus estudios de bachillerato con medalla de honor y tras mantener un puesto de trabajo como institutriz durante tres años por fin consiguió su sueño de ingresar en la Sorbona de Paris en 1891. Tan solo dos años después se graduó en física y al año siguiente en matemáticas. En ese mismo año, 1894, conoció al que sería su futuro marido, Pierre Curie. Se podría decir que fue amor a primera vista pues tardaron tan solo un año en casarse. Pierre no solo era su marido, también su amigo, su confidente, su cómplice, su compañero de pasiones y de descubrimientos. Juntos descubrieron dos elementos nuevos de la tabla periódica establecida por Meleyev, el Polonio y el Radio, de donde Marie acuñó el término radiactividad. Marie y Pierre pudieron haber patentado el laborioso proceso de extracción del Radio y el Polonio para una futura explotación comercial, pero decidieron no obtener beneficio de algo que para ellos era una gran contribución al avance de la ciencia.
            Henri Becquerel figura como el descubridor oficial de la radiactividad, aunque ni le dio el nombre ni la descubrió realmente, ya que el fenómeno había sido descubierto años antes por Niépce de Saint-Victor, investigador francés que entre 1856 y 1861 publicó varios trabajos sobre las radiaciones que emitían las sales de uranio. Becquerel pensaba que estaba ante un fenómeno de fosforescencia (cuya fuente de energía es la luz del Sol) y, de hecho, aunque él mismo comprobó que las sales continuaban emitiendo radiación aún días después de estar en total oscuridad, atribuyó este fenómeno a una fosforescencia invisible y de larga duración. Este fue el punto de partida para la tesis de Marie Curie, que decidió estudiar estos misteriosos rayos uránicos.
            Siguiendo la estela de Becquerel, mejoró de forma titánica el electrómetro que éste empleaba para medir corrientes. Llegó a obtener una precisión de 10 billonésimas de amperio (algo que incluso hoy resulta sorprendente) gracias a la balanza de cuarzo piezoeléctrico que su marido Pierre había inventado. Para obtener el material necesario para las investigaciones eran necesarias toneladas y toneladas de pechblenda, un mineral residual desechado de las minas de uranio. Por suerte para Marie, podía contar de forma gratuita con todo el mineral que necesitara en las minas de Joachismthal. Tras unos largos y extenuantes procesos de pulverización, mezcla, ebullición, disolución o tratamiento con ácidos entre otros, Pierre y Marie consiguieron aislar en 1898 dos nuevos elementos pertenecientes a la cadena de desintegración radiactiva del Uranio 235, el Polonio y el Radio. Ambos obtuvieron el premio nobel de física junto a Henri Becquerel en 1903, año en el que Marie Curie presentó su tesis doctoral, pero no por descubrir estos dos elementos sino por su contribución al estudio de la radiactividad. Fue en 1911 cuando por fin la academia le dio un segundo galardón, esta vez en solitario, por descubrir el Polonio y el Radio. Marie Curie se convirtió así en la primera persona de la historia en recibir 2 premios Nobel.
            Esto abrió un nuevo campo para la ciencia, a medio camino entre la física y la química. Los Curie habían descubierto que la radiación no provenía de una fuente externa sino del interior del propio átomo, algo que por aquella época desafiaba tanto la física clásica newtoniana como la termodinámica. A partir de aquí nuevos laboratorios dedicados a la causa surgieron por todo el mundo, siendo el más avanzado el Instituto Cavendish, de donde saldrían nada menos que 11 premios nobeles. Aquí se forjaron los modelos actuales de la estructura atómica, gracias principalmente a los experimentos y descubrimientos del neozelandés Ernest Rutherford y el danés Niels Bohr. Nuevos métodos mucho más eficientes en instalaciones mucho más avanzadas surgieron para el tratamiento de la pechblenda y la extracción de los diferentes elementos radiactivos derivados del Uranio, tales como el Radio, el Polonio o el Torio. Para hacernos una idea de lo extremadamente difícil que es, hacen falta varias toneladas de pechblenda para obtener un decigramo de Radio.
            Pero el trabajo más importante de Marie Curie no fue el descubrimiento del Radio sino las aplicaciones que conlleva la radiactividad. A ella debemos la creación de la radioterapia (en aquella época Curieterapia), y a ella debemos también que los grandes avances de la física empezaran a utilizarse en medicina no solo como método de diagnóstico sino también como terapia. Debido a su formación en la Sorbona ya estaba familiarizada con la producción de rayos X su utilización en medicina. Sin embargo, en 1906 recibió el más duro golpe de su vida, su marido Pierre murió víctima de un atropello por un carruaje de caballos. Jamás llegó a recuperarse de la pérdida. Marie se volcó todavía más en su carrera de investigación y su trabajo llamó la atención de dos magnates multimillonarios cuyos nombres tal vez resulten familiares, Carnegie y Rothschild. Gracias a sus generosas aportaciones se creó un sistema de becas para estudiar en el laboratorio de Marie. Por otro lado, tras la muerte de Pierre, había surgido la idea de crear un laboratorio bien dotado para estudiar la radiactividad, que además sirviera para preservar su memoria. La idea se materializó cuando a finales de 1909 el doctor Émile Raoux, director del Instituto Pasteur y ferviente admirador de Marie, propuso crear el Instituto del Radio. La Universidad de la Sorbona se unió a la empresa proporcionando los terrenos y parte de la financiación para la construcción del edificio. Cabe decir que la doctora Curie era en ese momento catedrática de física en dicha universidad, espacio que había ocupado tras la muerte de su marido. El Instituto del Radio constaría de dos pabellones: uno dedicado a estudios biológicos y de tratamientos del cáncer, que se llamaría Pabellón Pasteur, dirigido por Claudius Regaud; y otro dedicado a la investigación de los aspectos físicos y químicos de la radiactividad, que se llamaría Pabellón Curie, dirigido por ella misma. Lamentablemente nada más inaugurarlo y cuando aún no había empezado a trabajar a pleno rendimiento, Francia se vio envuelta en la Primera Guerra Mundial como ya hemos comentado al principio.
            Marie encontró la forma de servir a Francia. A lo largo del tiempo que duró la guerra, Marie instaló más de 200 puestos fijos en servicios radiológicos en los hospitales de campaña. No contenta con esto formó a 150 enfermeras en el Instituto del Radio para que la ayudaran en sus tareas sanitarias, creó servicios radiológicos y de cirugía móviles, conocidos como «les petites curies», una especie de ambulancia primitiva. Para ello contó con la ayuda de fabricantes de automóviles y de propietarios privados que se ofrecieron. Para equipar estas unidades móviles empleó las fuentes de rayos X fabricadas en España por un industrial de Ciudad Real formado en Estados Unidos, Mónico Sanchez. Marie contó con una colaboradora de excepción, su hija Irène de tan solo 17 años, que se formó al igual que muchas otras en anatomía, enfermería y radiología. Gracias a su excepcional campaña consiguieron salvar la vida de más de un millón de franceses. Su labor humanitaria en este período eclipsa totalmente la realizada el resto de su vida.
            Tanto Marie Curie como su hija Irène murieron de leucemia causada por las largas exposiciones al Radio, pero no es así como quiero recordarlas. Estamos hablando de una familia excepcional. Marie Curie ganó 2 premios nóbeles, su marido Pierre 1, y su hija Irène junto a su marido ganaron otro por lograr la radiactividad artificial. Su hija menor Eve, escribió la biografía que creó el mito de Madame Curie. Además, eran seres humanos ejemplares, entregados a la causa. Einstein dijo en una ocasión que la doctora Curie era posiblemente el único científico que no se había dejado corromper por el éxito y la fama. Siempre fue una persona cercana y humilde. Pasaron largas penurias en su gélido cobertizo removiendo pesados calderos de mineral de Uranio, con un equipo rudimentario y unas instalaciones ruinosas. todo por una pasión que ardía sin freno y que llevó al matrimonio Curie a la prueba material irrefutable de la relación entre energía y materia. De todas las palabras que Marie pudo decir a lo largo de su vida yo me quedo con éstas: «Irène, no imaginas la alegría que experimentas al descubrir algo. Te deseo que un día tú también lo vivas.»



Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

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