Un encuentro histórico: Apolo-Soyuz

Por Luis Escaned

El 15 de Julio se cumplieron cincuenta años de la misión Apolo-Soyuz, el primer proyecto conjunto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, donde las dos potencias firmaron el fin de la carrera espacial. Esta historia es una recreación de cómo pudo haber sido aquel encuentro, basada en entrevistas y documentación sobre tal hecho histórico.

Representación artística de la misión Apolo-Soyuz. Wikimedia Commons.

La Espera: Thomas Stafford

El olor metálico y familiar de la cabina de la Apolo me envolvía. Afuera, la Tierra azul y blanca giraba lentamente, un mármol precioso suspendido en la oscuridad infinita. Mis ojos, sin embargo, estaban fijos en la pequeña pantalla que mostraba el punto luminoso de la Soyuz. Llevábamos días en esto, planeando, ensayando, calibrando cada maniobra hasta el último milímetro y aprendiendo ruso. La precisión era mi obsesión, era lo que nos mantenía vivos ahí arriba.

El Encuentro: Thomas Stafford 

Sentía una mezcla extraña de anticipación y, para ser honesto, un poco de escepticismo. Toda mi carrera se había forjado en la premisa de que los rusos eran nuestros rivales. La Carrera Espacial no era solo sobre ciencia, era sobre prestigio, sobre quién tenía la mejor tecnología, quién lideraba el futuro. Y ahora, ¿íbamos a darnos la mano? Era casi surrealista. No era un hombre de grandes emociones, pero el peso de este momento no se me escapaba. Había un mundo entero observando, esperando que no metiéramos la pata, esperando un símbolo de paz en medio de una Guerra Fría que aún se sentía tan abrumadora en la Tierra. Mi mente repasaba los procedimientos una y otra vez: la presión, el acoplamiento, la apertura de la escotilla. Todo tenía que ser perfecto. Era más que una misión; era una declaración.

La Espera: Alexei Leonov

La cúpula de mi Soyuz era mi pequeña casa en el Cosmos. Afuera, el eterno baile de estrellas me recordaba la inmensidad que nos rodeaba. Había flotado en este vacío antes, había sentido su abrazo. Pero hoy, mi corazón latía con una emoción diferente, una anticipación que casi dolía.

El Encuentro: Alexei Leonov

La idea de esta misión había sido un sueño para mí desde hacía mucho tiempo. La Carrera Espacial había sido gloriosa para nuestra Unión Soviética, llena de primeros hitos. Pero también había una pesadez, una tensión constante. Éramos rivales, sí, pero también éramos hermanos en el espacio enfrentando los mismos peligros, compartiendo la misma maravilla. Había leído sobre Stafford, sobre sus misiones. Era un piloto excepcional, un hombre serio. Me preguntaba cómo sería conocerlo más allá de los intercambios diplomáticos, y me propuse aprender inglés para una mejor comunicación. ¿Se sentiría la desconfianza de la Guerra Fría en el aire, incluso a cientos de kilómetros sobre la Tierra? No, me negaba a creerlo. El espacio tiene una forma de poner las cosas en perspectiva, de hacer que las pequeñas disputas humanas parezcan insignificantes. Soñaba con este apretón de manos, no como una rendición, sino como un puente, una declaración valiente de que podíamos y debíamos trabajar juntos.

Momento en que Leonov y Stafford se dan la mano tras el acoplamiento. Wikimedia Commons.

Durante el Encuentro: Thomas Stafford

 La aproximación fue impecable. Cuando sentí el suave «clunk» del acoplamiento, un suspiro silencioso escapó de mis labios. Las luces de la cabina de la Soyuz se hicieron visibles a través de la escotilla, y la figura de Alexei comenzó a divisarse. Cuando la escotilla se abrió por completo, el aire se llenó con ese olor peculiar de una nave hermana, y allí estaba él, mi homólogo soviético, el cosmonauta que había caminado por el espacio. No había palabras en ese primer instante, solo las miradas, una mezcla de alivio y respeto. Extendí mi mano. Su apretón fue firme, genuino. En ese momento, no éramos estadounidenses o rusos, éramos dos exploradores espaciales que habían logrado lo impensable. La política se disipó, al menos por un instante, y lo único que importaba era la humanidad. Había una calidez innegable en su sonrisa, una camaradería que trascendía los idiomas. Compartimos bromas, yo hablaba en ruso, y Leonov me contestaba en inglés; eso nos hizo sentirnos más cercanos, brindamos con puré de manzana. Se sintió... correcto.

Durante el Encuentro: Alexei Leonov

El suave impacto del acoplamiento fue como un latido del corazón que resonó en mi pecho. ¡Estábamos unidos! Sentí que me subñia la euforia. Las compuertas. La espera. Y luego, la imagen de Tom a través de la abertura. Su rostro, serio, pero con una chispa en los ojos. Extendí mi mano, mi corazón lleno de alegría. Su mano era firme, cálida. No fue solo un gesto fue una promesa. Un «¡Lo logramos!» silencioso que compartimos. La risa brotó fácilmente. Le ofrecimos nuestro pan espacial, ellos nos dieron sus tubos de comida. Intercambiamos insignias, historias, Tom hablaba en ruso, yo en inglés, ese esfuerzo mutuo nos hizo más cercanos, incluso cantamos. Era surrealista, dos «enemigos» riendo y charlando mientras flotaban sobre el mundo que los había dividido. Sentí una profunda conexión con Tom y su tripulación. En ese breve tiempo juntos, la política se desvaneció, y solo quedó la humanidad, el respeto por el coraje y la dedicación del otro.

Los cinco tripulantes de la primera misión espacial conjunta entre EEUU y la URSS. Wikimedia Commons.

Regreso: Thomas Stafford 

Al entrar en la atmósfera terrestre, la cápsula tembló violentamente. Ese era el regreso familiar, el recordatorio de la fragilidad de nuestra existencia. Pero esta vez, algo era diferente. La misión había sido un éxito rotundo. Mientras la Tierra se acercaba, reflexioné sobre el apretón de manos. No era solo un truco publicitario, había sido un verdadero punto de inflexión. Habíamos demostrado que la cooperación no solo era posible, sino deseable. La competencia nos había impulsado lejos, sí, pero la colaboración nos podía llevar aún más lejos. La Carrera Espacial, tal como la conocíamos, había terminado. Había dado paso a algo nuevo, a la idea de que podemos alcanzar las estrellas juntos. Y eso, para un pragmático como yo, era la victoria más significativa de todas.

Regreso: Alexei Leonov  

Al descender, sentí la familiar sacudida de la reentrada. La Tierra, vista desde la ventanilla, ya no parecía un campo de batalla, sino un hogar compartido, frágil y hermoso. La Misión Apolo-Soyuz no solo había sido un éxito técnico, había sido un éxito humano. Demostramos que las fronteras son invenciones terrestres que se disuelven fácilmente. La Carrera Espacial había terminado, pero el espíritu de la exploración continuaría de una manera más noble. Mirando las estrellas esa noche, supe que nuestro apretón de manos no solo había sido un momento histórico para los libros, sino una semilla plantada para un futuro de cooperación. Y eso, para un soñador como yo, era la esperanza más brillante de todas.

Después de este viaje, ambos se reunieron con frecuencia y bromeaban sobre la calidad de sus idiomas, los regalos compartidos y, aunque los dos países siguieron con sus disputas geopolíticas, para ellos fue el principio de una bonita amistad.


Meteoritos y construcciones humanas (Parte II: de la Prehistoria a la Era Moderna)

 Por Fernando Sa Ramón

Continuamos este recorrido iniciado en la entrada anterior para entender las mil formas en que se entrecruzan el pasado, el presente y el futuro, desde la Prehistoria y la Edad Antigua hasta la moderna civilización humana y la era espacial, todo manifestado en pequeños fragmentos de objetos que forman parte de nuestro entorno inmediato.

Daga elaborada en hierro meteorítico, de la tumba de Tutankhamon (imagen de Wikimedia Commons).

Es de suponer que quienes utilizaron en la antigüedad las rocas antes descritas no podían conocer su procedencia, porque esa información la averiguó la Geología moderna. Como tampoco pudieron saber todos los artesanos y trabajadores de los metales de épocas pasadas y actuales que las escorias de sus desechos serían utilizadas hoy para hacerlas pasar por meteoritos y estafar a las personas incautas. Así son las cosas.

Asimismo, los hispanos y los romanos de hace 2000 años no podrían haber imaginado que el plomo que extraían de las minas y usaban en sus construcciones y canalizaciones serviría, siglos después, para blindaje contra radiaciones en multitud de experimentos modernos sobre el estudio de la materia y del Universo en varios laboratorios subterráneos, como el de Canfranc.

Aún menos los seres humanos del paleolítico hubieran podido imaginar que el hollín de la quema de huesos que utilizaban para pintar sus obras rupestres serviría de inspiración para proteger una sonda espacial actual: la Solar Orbiter de la ESA, que se acercará a 4 millones de kilómetros del Sol, lleva un recubrimiento de fosfato de calcio negro elaborado a partir de carbón de huesos quemados (llamado «Negro Solar») integrado en el titanio y otros metales de su escudo de protección.           

Recientemente, se ha estudiado en varias canteras, sobre todo en el norte de Europa, que, según se van extrayendo placas de roca, aparecen algunos meteoritos que cayeron durante la formación de esas rocas. Se trata de un hecho muy importante para la comunidad científica, puesto que puede estudiar unos antiquísimos mensajeros espaciales preservados en su envoltorio pétreo. Por esto, es muy probable que numerosas baldosas, losas y encimeras por todo el mundo contengan meteoritos (o sus restos) caídos hace cientos de millones de años, y que alguien piense que son inclusiones inapropiadas o feas.

También debe de haber numerosos meteoritos englobados en diversas rocas antiguas, y es probable que algunos de los fragmentos que están a la vista en los conglomerados o en los cantos rodados de cualquier río sean meteoritos y no los hayamos visto, porque es muy difícil identificarlos.

¡Eh, un momento! Después de haber escrito tan atrevida afirmación personal, tuve que buscar en la web si me estaba pasando o no; en menos de cinco minutos ya pude encontrar un sitio donde se dice que algunos científicos ya han estudiado esto y tienen rebanadas de conglomerado con trozos de meteoritos*, y hay otro artículo en The Meteoritical Society sobre tectitas y microtectitas incluidas en rocas sedimentarias de China.

Conglomerados terrestres con inclusión de meteoritos (Museo Canario de Meteoritos).

Minerales extraterrestres en objetos de trabajo y de lujo

El asunto no acaba aquí. Al parecer, antes de que la humanidad comenzara a dominar la metalurgia del hierro, algo más de 3000 años atrás, se usaron meteoritos metálicos para forjar cuchillos, dagas, puntas de lanzas, adornos y otros objetos, y, posiblemente, hacer pigmentos. La razón fundamental es que entonces aún no se lograban alcanzar los más de 1500º necesarios para extraer el hierro de sus minerales, algo lejos de los 1000º necesarios aproximados para crear el bronce y otras aleaciones que sí se dominaban en la llamada Edad del Bronce, anterior a la Edad del Hierro, o con los que sí se puede trabajar el propio hierro (la forja).

No cabe duda, además, del uso con motivos rituales, simbólicos y religiosos, ya que utilizaban un extraño metal «caído del cielo de la mano de los dioses», más raro que el oro y el cobre en ese tiempo, y de resistencia y características asombrosas, por lo cual estaba reservado, en muchos casos, a las altas esferas sociales, como los faraones egipcios. Otras culturas en las que también se han encontrado objetos hechos con hierro meteorítico son los sumerios, los hititas, la antigua China, pueblos de la Sudamérica precolombina y los inuit del Ártico.

Cabe preguntarse cómo saber si ese hierro procede de afuera de nuestro planeta o si esas rocas se han creado de esa manera. La ciencia, la computación y la tecnología de que disponemos avanza muy rápido y, lógicamente, desde numerosos campos científicos se pueden demostrar estos supuestos hace tiempo. En los laboratorios preparados para tal fin, y en España hay varios dependientes del Centro Superior de Investigaciones Científicas y de diversas universidades, se analizan miles de meteoritos y objetos, y aparte de la complejidad técnica que supone, lo más significativo es que estos objetos contienen composiciones químicas y estructuras cristalinas que no se dan en la Tierra de forma natural, y que presentan una proporción de isótopos diferente a la de nuestro planeta, huellas inequívocas de su origen espacial.** 

Como curiosidades, también se han encontrado instrumentos paleolíticos y ornamentos realizados en moldavitas y en vidrio de Libia, y actualmente, se utilizan meteoritos, tectitas, vidrio de Libia y lechatelieritas para hacer piezas de bisutería, joyería, relojería  y escultura***. En 2014, la marca Swarovsky puso en el mercado una serie muy limitada (y muy cara) de piezas que contenían fragmentos de varios meteoritos, entre ellos, uno de origen marciano. Y, en los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014 (Rusia), se insertaron meteoritos procedentes del extraordinario bólido de Cheliàbinsk en varias medallas de oro (caído un año antes, en febrero de 2013). 

Estos son solo algunos ejemplos de las cosas inesperadas que aprendemos acerca de nosotros mismos y de nuestra civilización; la Astronomía, la Geología y la Paleontología nos hablan del pasado y de por qué estamos aquí… pero hay que saber escucharlas.

El hierro de un meteorito, el de nuestra sangre y el del mástil de un reloj de Sol, así como el calcio y el carbono de la pared que lo sostiene, el de un fósil, de una planta y de nuestro cuerpo y nuestros huesos, provienen del núcleo de algunas estrellas. En el Cosmos todo se originó en hechos que han sucedido antes; en la mayoría de las historias de la humanidad también. En los objetos y en los edificios que construimos coexisten los materiales provenientes de la evolución del Universo y de la vida con las marcas de canteros, con los agujeros de balas y de bombas, con el arte, con la ciencia, con la tecnología, con las aspiraciones humanas, con la radiación, con el engaño y con la tozuda realidad, con el paso del tiempo, con la Antropología... Después de todo, quizá sí haga falta una visión más amplia y múltiple sobre lo que nos rodea, por insignificante que parezca. 

«Lo que siempre me ha gustado en el hombre es que, siendo capaz de construir Louvres, pirámides eternas y basílicas de San Pedro, pueda contemplar fascinado la celdilla de un panal de abejas o la concha de un caracol».
Georg Christoph Lichtenberg, científico y escritor del siglo XVIII

Notas

(*) Revista Meteoritos, del Museo Canario de Meteoritos, n.º 9, mayo 2018, artículo ode José García (incluye imágenes).

(**) Los isótopos son átomos de un mismo elemento químico, con sus mismas características, pero con un número distinto de neutrones en su núcleo, lo que ofrece sutiles diferencias o radiactividad.

(***) Recordemos que las tectitas y el vidrio de Libia son los vidrios resultantes de choques de asteroides en la Tierra, arenas que fueron fundidas, eyectadas y re-solidificadas; y las lechatelieritas son los vidrios formados por impactos de rayos en suelos arenosos.


Meteoritos y construcciones humanas (Parte I, fósiles y minerales)

 Por Fernando Sa Ramón

Los materiales de construcción están profundamente enlazados con la Geología y con el terreno de donde se obtienen, tanto por las materias primas que utilizamos como por los materiales procesados; pero ahondemos un poco más en algunos de sus componentes que suelen pasar inadvertidos. Hoy no solo vemos fósiles y minerales en el medio natural, también abundan muestras en pueblos y ciudades, en los materiales que se han usado para su construcción.

Varios tipos de fósiles en las baldosas de los edificios del Parque Tecnológico Walqa, en Huesca.
Foto del autor. 

Para introducirnos en este tema, ¿cómo abordaríamos el estudio de un viejo reloj de Sol? ¿Desde el punto de vista de la Astronomía, de la Relojería, del Arte, de la Historia, del avance científico antiguo, de la Sociología, de la Antropología, de la Etnología? ¿O desde todos ellos? 

A algunas personas de mente inquieta no nos queda más remedio que insistir en que todo está relacionado. Sí, de acuerdo, muchas veces es necesario acotar y delimitar tramos de conocimientos para no abrumarnos, pero, desde el momento en que quedó perfectamente demostrado que provenimos de la evolución del Universo, no debería parecernos exagerado. Dado que la Tierra no es estática, que su evolución astronómica y geológica continúa, y nuestra Evolución en ella también, y que los seres humanos aprovechamos muy bien el entorno, a veces sin saber correctamente cómo está formado, o las consecuencias derivadas, se generan situaciones muy interesantes que ponen en evidencia esta idea de interrelación de todo. Veamos unos ejemplos que conectan la Astronomía con la Geología, la Prehistoria, las construcciones humanas, la forja y la joyería. 

Es fácil darse cuenta de que los materiales de construcción están profundamente enlazados con la Geología y con el terreno de donde se obtienen, tanto por las materias primas que utilizamos (rocas, arena, agua, minerales…) como por los materiales procesados (cemento, acero, cal, vidrio, asfalto, cerámica, pinturas…); pero ahondemos un poco más en algunos de sus componentes que suelen pasar inadvertidos. En la actualidad, no sólo en el medio natural podemos observar fósiles y minerales; curiosamente, también abundan muestras en pueblos y ciudades, y no nos referimos a los museos. ¿Dónde se encuentran entonces? En materiales que se han usado para su construcción: las rocas, sea que provengan de fuentes cercanas o lejanas.

Se observan en las paredes y los suelos de edificios civiles y religiosos de épocas pasadas y actuales, desde las pirámides de Egipto hasta las casas modernas, en adoquines de calles y en suelos empedrados de casas y de iglesias antiguas (donde aún resistan), en castillos, en piedras y losas de pavimentos de calles, de interiores y de fachadas, en muros de fincas del campo, de la costa y de zonas urbanas… En algunas baldosas, el número de fósiles visibles es enorme, decenas o cientos en cada una, y en otras se aprecian icnofósiles (las huellas o rastros dejados por aquellos seres vivos), o restos de corales y arrecifes. Casi nadie se percata de ello, aunque se pase a su lado a diario.

Losas con icnitas procedentes de zonas del Pirineo de rocas turbiditas en la fachada de un edificio de Huesca. Foto del autor.

Asimismo, en numerosos embaldosados, encontramos llamativos huecos y vetas recubiertos de cristales de calcita y de otros minerales, e inclusiones metalíferas, que se observan en materiales como calizas, esquistos, pizarras, granitos; sólo hay que fijarse con atención y pueden aparecer ante nuestros ojos asombrados. Sin embargo, tampoco debe sorprendernos tanto si pensamos que la mayor parte de la humilde caliza que se utiliza para hacer baldosas o cemento procede del metamorfismo de las conchas de los billones y trillones de pequeños seres que vivieron hace cientos de millones de años.

Sí es habitual y más vistosa la fabricación de mesas, lavabos, bañeras, esculturas, lámparas, fuentes… con losas que contienen grandes fósiles, con calizas coloreadas y con discos de troncos fosilizados. 

Demos un paso más: ¿se podría relacionar directamente el espacio interplanetario con las edificaciones?

A estas alturas ya se puede intuir que sí lo haremos: algunas canteras de donde se extraen rocas para la construcción proceden de cuencas y estructuras de antiguos impactos asteroidales que modificaron la roca preexistente, por lo que numerosos edificios de todo el mundo están construidos con estas impactitas.

Tenemos muestras de rocas de impacto en las coloridas piedras del castillo, de la iglesia y de otras construcciones de Rochechouart, Francia (cráter del mismo nombre); en Nördlingen, Polsingen y alrededores, Alemania, provenientes de la estructura Ries (con rocas suevitas que contienen, además, gran cantidad de microdiamantes); en Chicago y otras ciudades, donde muchas edificaciones se levantaron con roca de la cantera del cráter Kentland, Indiana; o en gran parte de Sudáfrica, especialmente en Johannesburg, procedentes del cráter Vredefort, uno de los más grandes y antiguos de la Tierra, Patrimonio de la Humanidad desde 2005, en la importante región minera de Witwatersrand. En esta región hay una gran concentración de metales pesados del grupo del platino, por lo cual, tal vez, provengan del cuerpo que impactó hace millones de años (ya que muchos asteroides contienen notorias cantidades de metales pesados), o, al menos, una parte de ellos. Posiblemente haya varios lugares más no estudiados, puesto que se ha comenzado, sólo recientemente, a examinar y catalogar numerosas estructuras de impacto por todo el mundo (Rusia, Australia, Pakistán, Kazakhstan, India, Europa, Canadá, Argentina, Chile, Mauritania, Marruecos, entre otros).

Rocas de brechas líticas utilizadas en la iglesia de Rochechouart, Francia, así como en otros edificios, procedentes de los cercanos afloramientos del cráter de impacto (foto de Ernston-Claudin, geólogos). 

Pese a la gran controversia científica que surgió, en España se investiga desde hace unos años la zona desde Azuara hasta Rubielos de la Cérida (entre Zaragoza y Teruel, incluidos Daroca, Cucalón, Fuendetodos, Olalla), donde aparecen varias estructuras geológicas de un posible gran impacto, quizá múltiple (choque de varios fragmentos de asteroide o de cometa roto antes de llegar al suelo), que se pueden ver actualmente en varios parajes y hasta en los cortes de la montaña en algunos tramos de la autovía Mudéjar y de las viejas carreteras.

Uno de esos grandes personajes poco conocidos de la Historia, el geólogo y astrónomo norteamericano Eugene Shoemaker (sí, ese, el co-descubridor del cometa Shoemaker-Levy 9 que se estrelló contra Júpiter en julio de 1994) fue uno de los pioneros de las ciencias planetarias y la astrogeología, y en estudiar y hablar de los cráteres de impacto en los planetas, incluidas la Tierra y la Luna, los cuales, antes, se pensaba que eran de origen volcánico; visitó la estructura Ries en la década de los sesenta, identificando coesita y suevita, típicas de los eventos de impacto. Astronautas de las misiones Apolo 14 y 16 de la NASA y de la ESA han visitado la zona para familiarizarse con esos tipos de roca. La roca suevita que se utilizó para construir Nördlingen contiene gran cantidad de microdiamantes, debido a las altas presiones y temperaturas que afectaron al carbón que había allí. Pero de ahí a que varios medios hayan dicho que «la ciudad está construida completamente con diamantes» hay un gran abismo.

Suevita en la iglesia de St. George de Nördlingen. foto de Martin Schemieder.

En la próxima entrada seguiremos escarbando en este universo de curiosidades que se encuentran en nuestros suelos y paredes, con las que convivimos sin advertirlo.


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