miércoles, 26 de junio de 2019

EL UNIVERSO DE GOTTFRIED LEIBNIZ


Como habéis podido comprobar en anteriores artículos míos, en ocasiones me gusta comenzarlos con una cita famosa sobre el personaje objeto del mismo. Tiene un valor añadido cuando la cita en cuestión viene de otra persona, y más todavía si esa persona es un rival contemporáneo suyo. Este era el caso de Denis Diderot, filósofo y escritor francés clave en la Ilustración que, en cierto momento de su vida, hizo la siguiente observación sobre Leibniz:
“Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, uno tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado”.


Estas palabras llenas de desesperanza no pueden evocarnos sino la grandeza del que fue el iniciador indiscutible de la filosofía alemana. Una grandeza que no dejó indiferente ni siquiera a aquellos que no estaban de acuerdo con sus ideas. Leibniz es considerado, junto a Descartes y Spinoza, uno de los tres grandes racionalistas del siglo XVII. Y su autoridad fue también enorme a lo largo del siglo siguiente. Incluso hoy seguimos descubriendo la influencia de su gran obra en prácticamente todos los campos del conocimiento (como vimos en el primero de los artículos de esta serie), pues todavía no se ha completado la edición de todos sus escritos. Abordaremos en este artículo su concepción filosófica del universo, que integra elementos de muchos pensamientos de tiempos y espacios diferentes. La filosofía china, de quienes siempre recalcó su importancia como potencia mundial a todos los niveles. El pensamiento griego antiguo, la filosofía escolástica o las ideas de contemporáneos suyos como Descartes y Spinoza.
            Todo en la filosofía de Leibniz nace a partir de la gran pregunta: ¿Por qué existe algo en vez de nada?”.  A lo que Leibniz responde: “Hay una razón en la naturaleza para que exista algo más bien que nada. Esto es una consecuencia de aquel gran principio de que nada se hace sin razón; así como debe haber una razón, además, para que exista esto más bien que otra cosa”. De aquí deducen dos ideas:
·         La existencia de un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente (escuela escolástica) que conoce la razón de la existencia de absolutamente todos los elementos que componen el universo, así como su interrelación e influencia entre ellos (pensamiento de Descartes).
·         Un principio de razón suficiente innato a todos los seres del universo, que dice que todo, incluido el bien y el mal, tiene una razón de existir (que podemos conocer o no). Puesto que Dios es conocedor de todos los principios de razón suficiente del universo, debemos usar la fe (escuela escolástica) ahí donde nuestra razón no llegue a comprender la razón de que algo ocurra, sea malo o bueno. Esto respondía a otra gran pregunta que le surgió durante el que fue su primer trabajo, juez: “¿Dios es justo?”
Pero, ¿dónde se albergan estos principios de razón suficiente nacidos del mismo Dios? Para responder a esta pregunta Leibniz recurrió al atomismo griego, rescatando la idea de que el universo está compuesto de unos elementos indivisibles, inmateriales, indestructibles y únicos, a las que llamó mónadas. Cada mónada es un universo en miniatura (hermetismo) y todas son diferentes, ya que cada una tiene una función única. Esta función está definida por la substancia activa de la que están formadas. Así, marca una gran diferencia con Descartes y Spinoza, que consideraban la substancia como inerte. De todo esto se deduce que todo ser nace con una misión en el universo.
Las mónadas son creadas por Dios (que es la mónada original increada), y existen en potencia en su interior. Ellas compiten por pasar a la existencia real en una suerte de selección natural, donde solo las más capacitadas lo consiguen. De esta manera, el mundo que surge es el mejor de los posibles, con una armonía preestablecida definida de la siguiente manera: toda mónada es independiente y no tiene relación con las demás, sin embargo, sus acciones tienen influencia sobre todas las que le rodean de forma inconsciente. Este es uno de los principios de la filosofía oriental, en la que todo ser tiene una relación inseparable con su entorno y una influencia que se propaga en el espacio y en el tiempo como ondas de un estanque.
Aunque todas estas mónadas nacen de Dios, no son tan perfectas como él, por lo que el universo en su conjunto es también inferior. La armonía preestablecida es la que dirige el mundo hacia Dios, hacia la perfección, por lo que el sentido de la vida es tan solo progresar y evolucionar a mejor. Como vemos, Leibniz ofrece una visión optimista del mundo. Pero no en el sentido anímico de la palabra, como visión de todo lo bueno que se nos presenta, sino en el sentido más matemático de optimización. La optimización es además uno de los principales problemas que quedaron resueltos después de que inventase el cálculo integral. El mundo, pues, es creado como la mejor opción entre las posibles a partir del entendimiento de Dios.
            Esta filosofía recibió duras críticas por parte de Voltaire, que materializó en forma de sátira en su famoso libro Cándido, cuya lectura recomiendo encarecidamente. No obstante, cabe remarcar que Voltaire hizo una interpretación muy literal de este optimismo, quizá más enfocada a vender libros que a aportar nuevas visiones filosóficas.
            Se inició así la corriente filosófica y cultural que influenciaría a todo Europa. Kant continuó la filosofía alemana durante el siglo XIX, aunque era considerado un pesimista. Incluso podemos decir que fue discípulo de Leibniz en el sentido más estricto del término. Y como el universo de Gottfried Wilhem Leibniz comienza y termina en Dios dándole una estructura cíclica, terminaremos el artículo como lo habíamos comenzado: con una cita de Diderot.
«Quizás nunca haya un hombre que haya leído tanto, estudiado tanto, meditado más y escrito más que Leibniz... Lo que ha elaborado sobre el mundo, sobre Dios, la naturaleza y el alma es de la más sublime elocuencia. Si sus ideas hubiesen sido expresadas con el olfato de Platón, el filósofo de Leipzig no cedería en nada al filósofo de Atenas».

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

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