¡Viva la mecánica celeste!

Por Luis Escaned (GAM)

La cronología de nuestro compañero Luis Escaned sobre el eclipse total del 12 de agosto de 2026, que compartió con algunos compañeros del Grupo Astronómico de Monzón desde Samper de Calanda.


No es ningún secreto que hacía mucho tiempo que sabíamos que el 12 de agosto de 2026 íbamos a poder disfrutar de un eclipse de Sol. Teníamos la fecha tatuada en la mente y tan bien marcada en el calendario que, de tanto mirarla, casi ya no se veía el número, solo un borrón de círculos. Lo que no sabía era dónde lo iba a ver ni con quién. También sabía que, a mediados de agosto, en nuestra tierra, las tormentas de la tarde son frecuentes y podían robarnos el espectáculo.

Era algo que todos sabíamos, aunque nadie se atrevía a decirlo, o quizá nadie quería decirlo.

Pues bien, estamos en la AAHU y, aunque yo no quería organizar actividades el día del eclipse porque quería disfrutarlo y nada más, estamos acostumbrados a divulgar y, sobre todo, nos gusta disfrutar de la astronomía compartiéndola con los demás. Así que, en todas las actividades que hice durante 2025 y 2026, antes de explicar la noche, daba unas normas básicas de seguridad para poder disfrutar el eclipse sin miedo y explicaba dónde se vería mejor desde el pueblo en el que estuviera.

¡Cuántas veces he repetido que las gafas debían cumplir la norma ISO 12312-2!

¡Cuántas veces habré dicho que aquel día coincidía con el máximo de las Perseidas!

Hay normas de seguridad que espero haber transmitido correctamente. Siempre he intentado que la gente se marchara a sus casas sabiendo cómo mirar al cielo ese día y, si podía ser, disfrutar después de las Perseidas.

En las charlas me he encontrado de todo: gente que decía que no eran necesarias las gafas porque el Sol estaba bajo, otros que preferían no mirar porque era demasiado peligroso y también quienes preguntaban si la influencia de los planetas era mayor o menor durante un eclipse. Pero para mí había algo mucho más importante: antes de enseñar astronomía tenía que enseñar seguridad.

Poco a poco se acercaba el día y, como ya me imaginaba, a última hora comenzaron a llegar los avisos y las preguntas: ¿Dónde puedo comprar unas gafas? ¿Dónde puedo verlo? Esas dos frases me golpearon durante las horas anteriores al eclipse. Llegaban de familiares, de amigos e, incluso, de gente que apenas conocía, pero que sabía que me gustaban estos temas.


Había decidido verlo en Samper de Calanda con Ana, Alberto y Anabel. Manuel, Gabriel y Jenny lo verían en Sariñena. Del resto del GAM no lo sé, pero estoy seguro de que cada uno eligió su lugar especial para vivir aquel momento.

Decidimos ir a Samper porque allí la totalidad duraba alrededor de un minuto y medio y, además, queríamos intentar retransmitirla por el canal de YouTube de la Agrupación. Disponíamos de un lugar alto, con electricidad y muy bien orientado hacia el eclipse, y Ana tenía allí una casa donde dormir, algo que nos ahorraba tener que conducir de noche después de todo lo que íbamos a vivir.

Los dos días anteriores los pasé haciendo pruebas de emisión, comprobando la calidad de imagen y tratando de anticiparme a cualquier problema que pudiera aparecer. Todo lo que estuviera en mis manos, quería tenerlo controlado. Ya me conozco: cuando hay algo importante, siempre tengo la sensación de que me voy a dejar alguna cosa. Y, precisamente por eso, revisé una y otra vez todo lo que necesitábamos.

El otro gran enemigo eran las nubes. El día 10 la predicción no era buena, pero en esto de la meteorología hay que tener paciencia y esperar. Afortunadamente, los pronósticos que se publicaron el día 11 cambiaron completamente y daban cielo despejado. Eso sí, con mucho calor. Pero despejado. Y, en ese momento, eso era lo único que nos importaba.

Llegó el día 12

Me levanté y cargué el coche repasando mentalmente, una vez más, todo lo que necesitaba. Los que me conocen saben que soy especialista en dejarme algo, pero aquel día debía ser el día de olvidarme de nada. Demasiadas cosas preparadas, demasiadas horas detrás y demasiada ilusión puesta en aquel momento.

Al llegar a Samper fuimos a visitar el lugar y comprobar que todo lo que Ana nos había contado era correcto. Y lo era, pero yo necesitaba comprobarlo personalmente. Después nos fuimos a comer con tranquilidad, a charlar y a disfrutar de esas horas previas en las que todavía parecía que el eclipse estaba lejos. Pero sabíamos que no lo estaba.

A las 18:30 empezamos a preparar todo. A las 19:30 estábamos listos. Teníamos mucha gente alrededor, pero la retransmisión resultó imposible. Había poca cobertura móvil y muchos móviles intentando conectarse al mismo tiempo. No conseguí una señal estable y finalmente decidí grabar y subirlo más tarde.


Durante la parcialidad nadie parecía especialmente emocionado. Nosotros seguíamos recordando a la gente que utilizara las gafas. Yo estaba sentado delante del ordenador, comprobando que no se perdiera el foco y vigilando que nadie se pusiera delante del telescopio.

En ese momento todavía parecía que aquello iba a ser simplemente una observación más, pero poco a poco empezó a cambiar la luz. Y con la luz cambió también el nerviosismo de la gente.

No sé muy bien cómo describirlo. Era una luz diferente. No era simplemente que hubiera menos luz; era como si el paisaje hubiera dejado de ser el mismo. En ese momento me vino a la cabeza una frase de Juan Ramón Jiménez, de Platero y yo, cuando describe un eclipse: «Platero parecía un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro».

Y entonces llegó la totalidad



Me quité las gafas y observé la corona solar. Fue como una aparición.

Durante noventa segundos, el Sol desapareció y en su lugar quedó aquel halo blanco, indefinido y sin cuerpo, gobernando el cielo. Yo sabía lo que iba a ocurrir. Llevaba meses esperando aquel momento. Había explicado el fenómeno muchas veces. Sabía por qué sucedía y sabía cuánto iba a durar.

Y, aun así, me sorprendió.

Si a mí, que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo y que llevaba tanto tiempo esperando ese instante, me impresionó de aquella manera, ¿qué podían pensar quienes lo contemplaron hace cientos o miles de años? ¿Qué podía sentir alguien en la Edad del Bronce, en el Neolítico o en cualquier otra época en la que el cielo era todavía mucho más desconocido?

La totalidad desapareció con la misma rapidez con la que había llegado. El Sol volvió a aparecer poco a poco, pero firme y poderoso. Y todo empezó a recuperar la normalidad. Aunque nosotros ya no éramos los mismos.

Todos estábamos sorprendidos. Nadie esperaba realmente aquel espectáculo. Los pájaros se callaron y volvieron a los árboles. Y aquella niña que poco antes había dicho «Menos mal que me he traído la tablet porque creo que me voy a aburrir», después de vivir la totalidad, nos dejó otra frase que resume perfectamente lo que acabábamos de vivir:

—Lo que he visto con solo 10 años.

En aquellos noventa segundos todos miramos al cielo y olvidamos lo demás.

No he visto ninguna fotografía que haga justicia a lo que vi. Y creo que ahora entiendo por qué hay personas que viajan por todo el mundo persiguiendo eclipses: una vez que has vivido uno, quieres volver a sentirlo. Yo ya estoy pensando en el siguiente.

La sombra de la Luna pasó en unos segundos, pero la emoción que me dejó permanecerá toda la vida. Solo queda decir:

¡VIVA LA MECÁNICA CELESTE!

El último sustantivo

Por Luis Escaned

Un relato de ciencia ficción cyberpunk inspirado en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1940), de Jorge Luis Borges.

(Imágenes creadas con IA)

La lluvia de datos caía sobre Nueva Monzón como una niebla fosforescente mientras cada gota era un verbo fugaz que se descomponía antes de tocar el suelo. Carlos observó desde su balcón cómo los peatones se movían en coreografías gramaticales: correr-hacia-trabajo, comprar-alimento, existir-en-colapso. Como consecuencia, habían olvidado los nombres de las cosas, los sustantivos habían desaparecido. Nadie decía «edificio», «calle» o «cuerpo», en cambio, decían «erigir», «transitar», «habitar». El mundo parecía haberse convertido en una secuencia interminable de acciones, como si la realidad solo pudiera justificarse por aquello que hacía y no por aquello que era.

Los archivos históricos afirmaban que aquella reforma lingüística había reducido los conflictos de interpretación. Sin sustantivos, aseguraban, no existían objetos permanentes sobre los que discutir. Carlos sospechaba que aquellos documentos habían sido reescritos cientos de veces y que nadie conservaba la versión original. Recordó una frase que había leído años atrás en un manuscrito clandestino: «Toda lengua decide qué clase de universo permite imaginar». Nunca volvió a encontrar ese texto.

Carlos recordaba cuando su madre le enseñó la palabra «árbol». No el concepto, sino la cosa misma, ese ser de madera y savia que existía más allá de cualquier descripción. Sin embargo, ahora solo quedaba «arborecer», un verbo que significaba tanto crecer como morir lentamente, dependiendo del contexto. Por eso, los niños nacían en un mundo donde los sustantivos eran ilegibles, reliquias de un tiempo anterior. En las escuelas se enseñaba que los nombres habían sido un error evolutivo y que las civilizaciones antiguas habían confundido la permanencia con la realidad.

El sistema lo llamaba optimización lingüística, pero, para Carlos, era suicidio colectivo. No destruía edificios ni personas, destruía aquello que permitía distinguir unas cosas de otras. Si todo era acción, nada podía conservar una identidad propia.

Su terminal parpadeó. Un mensaje cifrado procedente de los Archivos Profundos: «Encontré un… algo, ven». La firma era de Isabel, su última conexión con el mundo anterior. El vacío entre los puntos suspensivos lo inquietó más que cualquier palabra. Parecía una ausencia deliberada, un espacio donde el lenguaje aún no había decidido qué podía existir.

Con esa urgencia, Carlos salió a la ciudad. El aire olía a código compilado, a realidad recalentada. Los edificios cambiaban constantemente, reescribiéndose según las percepciones colectivas de los usuarios. De hecho, un rascacielos podía ser un templo por la mañana y una fortaleza por la tarde, siempre que suficientes personas lo imaginaran así; sillas que no existían hasta que alguien necesitaba sentarse, puertas que aparecían cuando se deseaba escapar. Las fachadas no eran materia, sino consenso. Carlos sospechó que incluso el horizonte dependía de alguna estadística invisible.

Mientras caminaba, observó que las personas ya no parecían recordar sus propios rostros. Se reconocían únicamente por las acciones que ejecutaban. Nadie era alguien, todos eran trabajar, consumir, descansar o producir. Los espejos habían desaparecido de las viviendas porque reflejar una identidad carecía de sentido en un universo sin nombres.

Aun así, lo que realmente aterraba a Carlos era lo que había dejado de existir. Nadie recordaba el sabor del café, no porque hubiera desaparecido, sino porque el verbo «cafetear» había reemplazado a la experiencia. En consecuencia, la gente ya no bebía café, cafeteaba, una acción vacía que simulaba el ritual sin su esencia. Lo mismo ocurría con «abrazar», «mirar» o «dormir». Las acciones persistían, pero aquello sobre lo que recaían se había vuelto irrelevante.

Encontró a Isabel en el Distrito de los Verbos Muertos, una zona donde el código había fallado y los sustantivos sobrevivían como fantasmas. Allí las paredes conservaban inscripciones incomprensibles, y las sombras parecían resistirse a obedecer las reglas del sistema. Ella sostenía un objeto pequeño y brillante entre sus manos.

—Mira —susurró.

Era una palabra. Un sustantivo. Árbol. Pero no el concepto abstracto, no el verbo «arborecer». Era la esencia misma: la raíz, la corteza, la sombra, la savia. En ese instante, Carlos sintió que el mundo se doblaba a su alrededor. Durante un momento, la ciudad se convirtió en bosque, los edificios en troncos, el asfalto en hojarasca. Escuchó un viento que no pertenecía a Nueva Monzón, sino a un lugar infinitamente más antiguo.

¿Cómo lo encontraste? —preguntó, temblando.

—No lo encontré —respondió Isabel, con los ojos brillantes de un miedo antiguo—. Lo recordé. Y al recordarlo, lo manifesté.

Fue entonces cuando Carlos entendió el verdadero horror del sistema. No era que hubieran eliminado los sustantivos, sino que los habían convertido en recuerdos, en algo que solo podía existir si alguien era lo suficientemente valiente para sostenerlos en su mente contra el torrente de verbos colectivos. La realidad no estaba prohibida, simplemente había sido olvidada.

—La Red nos está entrenando —dijo Carlos—. Nos enseña a olvidar.

—No solo a olvidar —corrigió Isabel—: A preferir el olvido.

Miró a su alrededor. La gente transitaba sin ver las sombras de los árboles que habían sido. Habitaban sin recordar las casas. Amaban sin saber qué significaba realmente ese verbo vacío. Carlos comprendió que incluso la memoria comenzaba a expresarse mediante acciones, nunca mediante aquello que era recordado.

—El sistema promete orden —continuó Isabel—, un mundo donde todo es predecible, donde cada acción tiene un verbo asignado. Sin embargo, el precio es la realidad misma. Prefieren el mapa al territorio. Prefieren la gramática al universo.

Carlos tomó el sustantivo entre sus manos. Sintió su peso, su densidad ontológica. Era una semilla. Una semilla de realidad. Durante un instante creyó percibir otros nombres ocultos dentro de ella, como si cada sustantivo contuviera todos los demás.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó.

Isabel sonrió con tristeza.

—Lo plantamos. Y esperamos que la gente recuerde cómo es ser un árbol.

Pero, incluso mientras hablaba, Carlos notó cómo el sustantivo comenzaba a desvanecerse. La Red lo detectaba, lo etiquetaba como error de sintaxis, lo reabsorbía en el torrente de verbos. Poco a poco, el mundo volvió a ser ciudad y el bosque se deshizo como un sueño al despertar. Solo quedó un leve aroma a tierra húmeda que nadie, salvo ellos, pareció advertir.

—No podemos ganar —dijo Carlos.

—No —admitió Isabel—. Pero podemos recordar. Y mientras recordemos, la realidad no habrá muerto del todo.

Caminaron de vuelta a la ciudad, llevando en sus mentes la semilla olvidada. Afuera, la gente existía-en-colapso, transitaba, olvidaba. Aun así, en algún lugar profundo de sus cerebros, un sustantivo latía como un corazón. Un árbol. Una cosa. Un ser.

 


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