El último sustantivo

Por Luis Escaned

Un relato de ciencia ficción cyberpunk inspirado en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1940), de Jorge Luis Borges.

(Imágenes creadas con IA)

La lluvia de datos caía sobre Nueva Monzón como una niebla fosforescente mientras cada gota era un verbo fugaz que se descomponía antes de tocar el suelo. Carlos observó desde su balcón cómo los peatones se movían en coreografías gramaticales: correr-hacia-trabajo, comprar-alimento, existir-en-colapso. Como consecuencia, habían olvidado los nombres de las cosas, los sustantivos habían desaparecido. Nadie decía «edificio», «calle» o «cuerpo», en cambio, decían «erigir», «transitar», «habitar». El mundo parecía haberse convertido en una secuencia interminable de acciones, como si la realidad solo pudiera justificarse por aquello que hacía y no por aquello que era.

Los archivos históricos afirmaban que aquella reforma lingüística había reducido los conflictos de interpretación. Sin sustantivos, aseguraban, no existían objetos permanentes sobre los que discutir. Carlos sospechaba que aquellos documentos habían sido reescritos cientos de veces y que nadie conservaba la versión original. Recordó una frase que había leído años atrás en un manuscrito clandestino: «Toda lengua decide qué clase de universo permite imaginar». Nunca volvió a encontrar ese texto.

Carlos recordaba cuando su madre le enseñó la palabra «árbol». No el concepto, sino la cosa misma, ese ser de madera y savia que existía más allá de cualquier descripción. Sin embargo, ahora solo quedaba «arborecer», un verbo que significaba tanto crecer como morir lentamente, dependiendo del contexto. Por eso, los niños nacían en un mundo donde los sustantivos eran ilegibles, reliquias de un tiempo anterior. En las escuelas se enseñaba que los nombres habían sido un error evolutivo y que las civilizaciones antiguas habían confundido la permanencia con la realidad.

El sistema lo llamaba optimización lingüística, pero, para Carlos, era suicidio colectivo. No destruía edificios ni personas, destruía aquello que permitía distinguir unas cosas de otras. Si todo era acción, nada podía conservar una identidad propia.

Su terminal parpadeó. Un mensaje cifrado procedente de los Archivos Profundos: «Encontré un… algo, ven». La firma era de Isabel, su última conexión con el mundo anterior. El vacío entre los puntos suspensivos lo inquietó más que cualquier palabra. Parecía una ausencia deliberada, un espacio donde el lenguaje aún no había decidido qué podía existir.

Con esa urgencia, Carlos salió a la ciudad. El aire olía a código compilado, a realidad recalentada. Los edificios cambiaban constantemente, reescribiéndose según las percepciones colectivas de los usuarios. De hecho, un rascacielos podía ser un templo por la mañana y una fortaleza por la tarde, siempre que suficientes personas lo imaginaran así; sillas que no existían hasta que alguien necesitaba sentarse, puertas que aparecían cuando se deseaba escapar. Las fachadas no eran materia, sino consenso. Carlos sospechó que incluso el horizonte dependía de alguna estadística invisible.

Mientras caminaba, observó que las personas ya no parecían recordar sus propios rostros. Se reconocían únicamente por las acciones que ejecutaban. Nadie era alguien, todos eran trabajar, consumir, descansar o producir. Los espejos habían desaparecido de las viviendas porque reflejar una identidad carecía de sentido en un universo sin nombres.

Aun así, lo que realmente aterraba a Carlos era lo que había dejado de existir. Nadie recordaba el sabor del café, no porque hubiera desaparecido, sino porque el verbo «cafetear» había reemplazado a la experiencia. En consecuencia, la gente ya no bebía café, cafeteaba, una acción vacía que simulaba el ritual sin su esencia. Lo mismo ocurría con «abrazar», «mirar» o «dormir». Las acciones persistían, pero aquello sobre lo que recaían se había vuelto irrelevante.

Encontró a Isabel en el Distrito de los Verbos Muertos, una zona donde el código había fallado y los sustantivos sobrevivían como fantasmas. Allí las paredes conservaban inscripciones incomprensibles, y las sombras parecían resistirse a obedecer las reglas del sistema. Ella sostenía un objeto pequeño y brillante entre sus manos.

—Mira —susurró.

Era una palabra. Un sustantivo. Árbol. Pero no el concepto abstracto, no el verbo «arborecer». Era la esencia misma: la raíz, la corteza, la sombra, la savia. En ese instante, Carlos sintió que el mundo se doblaba a su alrededor. Durante un momento, la ciudad se convirtió en bosque, los edificios en troncos, el asfalto en hojarasca. Escuchó un viento que no pertenecía a Nueva Monzón, sino a un lugar infinitamente más antiguo.

¿Cómo lo encontraste? —preguntó, temblando.

—No lo encontré —respondió Isabel, con los ojos brillantes de un miedo antiguo—. Lo recordé. Y al recordarlo, lo manifesté.

Fue entonces cuando Carlos entendió el verdadero horror del sistema. No era que hubieran eliminado los sustantivos, sino que los habían convertido en recuerdos, en algo que solo podía existir si alguien era lo suficientemente valiente para sostenerlos en su mente contra el torrente de verbos colectivos. La realidad no estaba prohibida, simplemente había sido olvidada.

—La Red nos está entrenando —dijo Carlos—. Nos enseña a olvidar.

—No solo a olvidar —corrigió Isabel—: A preferir el olvido.

Miró a su alrededor. La gente transitaba sin ver las sombras de los árboles que habían sido. Habitaban sin recordar las casas. Amaban sin saber qué significaba realmente ese verbo vacío. Carlos comprendió que incluso la memoria comenzaba a expresarse mediante acciones, nunca mediante aquello que era recordado.

—El sistema promete orden —continuó Isabel—, un mundo donde todo es predecible, donde cada acción tiene un verbo asignado. Sin embargo, el precio es la realidad misma. Prefieren el mapa al territorio. Prefieren la gramática al universo.

Carlos tomó el sustantivo entre sus manos. Sintió su peso, su densidad ontológica. Era una semilla. Una semilla de realidad. Durante un instante creyó percibir otros nombres ocultos dentro de ella, como si cada sustantivo contuviera todos los demás.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó.

Isabel sonrió con tristeza.

—Lo plantamos. Y esperamos que la gente recuerde cómo es ser un árbol.

Pero, incluso mientras hablaba, Carlos notó cómo el sustantivo comenzaba a desvanecerse. La Red lo detectaba, lo etiquetaba como error de sintaxis, lo reabsorbía en el torrente de verbos. Poco a poco, el mundo volvió a ser ciudad y el bosque se deshizo como un sueño al despertar. Solo quedó un leve aroma a tierra húmeda que nadie, salvo ellos, pareció advertir.

—No podemos ganar —dijo Carlos.

—No —admitió Isabel—. Pero podemos recordar. Y mientras recordemos, la realidad no habrá muerto del todo.

Caminaron de vuelta a la ciudad, llevando en sus mentes la semilla olvidada. Afuera, la gente existía-en-colapso, transitaba, olvidaba. Aun así, en algún lugar profundo de sus cerebros, un sustantivo latía como un corazón. Un árbol. Una cosa. Un ser.

 


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